Quito. 21.03.94. "No les puedo asegurar si seré un buen
mandatario", dijo a comienzos del año pasado a los periodistas el
entonces recién elegido presidente de los Estados Unidos, Bill
Clinton. Luego, con la escasa voz que le quedaba tras tantos
mitines, sentenció:
"Sin duda cometeré errores, porque, en contra de lo que ha pasado
en estos últimos años, yo haré cosas. Todos los días iré a
trabajar con la convicción de que voy a obtener resultados. Y
creo que si trabajamos mucho todos juntos conseguiremos grandes
progresos".
Cuando un reportero le preguntó que impacto tendría en la
historia el hecho de ser el primer hombre del 68 que llegaba a
la Casa Blanca, respondió sin titubeos:
"Creo que va a nacer en todo el mundo una época de idealismo.
Nosotros somos los jóvenes, de 30 y 40 años, que dejaron la piel
y los huesos participando a favor de los derechos civiles y
contra la injusta y sanguinaria guerra de Vietnam. Nosotros somos
los incurables optimistas que siempre han teorizado sobre un
mundo mejor: ahora estamos aquí, preparados para remangarnos la
camisa y llevar a cabo ese sueño..."
La pesadilla
Un año después, sin embargo, el sueño ha comenzado a convertirse
en pesadilla. El joven demócrata que llegó de Arkansas cargado de
promesas, ha desilusionado a mucha gente.
El país y el mundo siguen tan mal como en otros gobiernos, con la
única diferencia de que los árabes y los israelíes han firmado un
acuerdo de paz, pero siguen matándose como si nada.
Es verdad que los sueños ignoran algunos detalles y no es menos
cierto que Clinton ha hecho algunas cosas, que aún no están
registradas con la suficiente justicia en la galería de horrores
de la Casa Blanca.
Las cosas buenas
Por ejemplo, el presidente firmó la ley que permite a las mujeres
tomar un permiso de maternidad, contribuyó con su respaldo a la
victoria de Yeltsin en su comprometido referéndum en Rusia, ayudó
a la "reconciliación entre judíos y palestinos", implantó un
código contra la corrupción de los funcionarios e, igualmente,
eliminó los obstáculos a la práctica del aborto y el acceso de
las mujeres pobres a esa opción.
Clinton también ha promovido una ley que mejorará la calidad de
la enseñanza en las escuelas públicas y se ha comprometido a
permitir el acceso de todas las personas sin recursos económicos
a las casas de salud, para pagarles un seguro privado.
De paso, el presidente ha intentado una nueva forma -fracasada,
por cierto- de diálogo con sus aliados europeos consistente en
escuchar primero y decidir después.
Contradicciones
Lo malo es que todos estos éxitos se desvanecen ante la realidad
de un mandatario bien intencionado, ambicioso y trabajador, pero
torpe, inexperto y débil. Su tarea lo demuestra:
Clinton llegó retando a gigantes tan consolidados como el
Congreso y el Pentágono, y acabó cediendo terreno ante el primero
en lo referente al plan económico del país y ante el segundo en
el asunto de los homosexuales en el Ejército.
De manera que entre tantas rectificaciones, contradicciones y
errores, Clinton ha confundido a todo el mundo -y, probablemente,
también ha terminado confundiéndose él mismo-.
Errores sucesivos
Las pruebas más evidentes son los errores sucesivos en algunos
nombramientos de altos cargos.
Clinton se deshizo de sus dos primeras candidatas a la Secretaría
de Justicia porque fue incapaz de hacer frente a la presión del
Congreso en un asunto que, en perspectiva para muchos, era
insignificante: la contratación, muchos años atrás, de empleados
domésticos ilegales.
Eso no fue todo: cambió dos veces el hombre elegido para
desempeñarse como secretario adjunto para Asuntos
Latinoamericanos, porque se opusieron la derecha anticastrista,
primero, y los liberales de izquierda, después.
El colmo de la inseguridad en el nombramiento de asesores fue
cambiar en la dirección de comunicaciones de la presidencia al
joven George Stephanopoulos por David Gergen, un republicano que
sirvió a Ronald Reagan. Luego vino el retiro de la progresista
de color Lani Guiner, del cargo de asistente del Fiscal General
para los Derechos Civiles.
Cediendo a las presiones
Sin duda, en todos los casos Clinton trató de estar acorde con
sus ideas renovadoras -que seguramente defiende en lo más íntimo-
pero cedió a las presiones del "establishment".
La gente que le rodea asegura que el mayor error de Clinton es
haber alcanzado la presidencia sin un programa definido. Los
conceptos emitidos durante su campaña electoral indicaban que
ganaba el respaldo de Dios y el Diablo al mismo tiempo. Pero,
desde el primer día en que empezó a gobernar se puso en evidencia
que no podía complacer a todos a la vez. Claro que lo intentó,
pero el resultado ha sido que ha dejado insatisfecho a todo el
mudo.
Para completar, ahora el presidente anda en líos por el llamado
"Escándalo de Whitewater", que lo involucra en presuntas
operaciones financieras ilegales.
Lo único favorable para el mandatario es que habiendo fracasado
como gobernador de Arkansas, logró ganar la presidencia del país
más poderoso del mundo, lo que indica que es un hombre dispuesto
a reaccionar a tiempo. Puede que ahora también lo haga, pero,
mientras tanto, Bill Clinton es un presidente bajo sospecha. (9A)
Ciudad N/D

