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Un Narrador Entre Dos Mundos

Publicado el 20/Enero/1991 | 00:00

UN NARRADOR ENTRE DOS MUNDOS, por Diego Araujo Sánchez

Quito. 20.01.91. Juan Manuel Rodríguez, bilbaíno, de 46 años,
vive casi 25 en nuestro país. 1990 fue para él un muy buen
año. En febrero apareció su novela "El espantapájaros",
editada por Diana de México, en cuyo concurso obtuviera una
mención. Y en noviembre ganó el premio "Aurelio Espinosa
Pólit" por su libro de cuentos "Fricciones", que será
publicado en los próximos meses.

Como buen vasco, Juan Manuel es supersticioso y temático. Por
ello no puede empezar a escribir una novela si antes no ha
encontrato el título para ella. Cada loco con su tema,
pienso, a pesar de la pasta de cordura y lucidez que se maneja
el autor de "Jorma el predicador".

"Aquelarre es palabra de origen vasco", me comenta, y mientras
cotejo el dato en un diccionario, el ruido infernal de una
motosierra estremece el lugar en donde nos hemos reunido. Un
aire enrarecido preludia tormentas. ¿Mal aguero? Sólo una hora
después de la entrevista, conoceré que se ha iniciado la
tempestad de fuego sobre Bagdad. Antes, la conversación fluyó
por otros cauces.

Desde el punto de vista de la lengua, tú perteneces a un mundo
único y doble. ¿Cómo enfrentar la creación literaria desde la
tradición latinoamericana y desde la tradición peninsular?

-Hay dos cosas que se te superponen cuando has salido mucho
tiempo de tu tierra anterior: el lenguaje y la vida. Y eso
produce un problema en la forma de ver la vida, que se traduce
también en el lenguaje. Se me ha achacado a veces aquí que
utilizo como escritor palabras muy españolas; en cambio en
España, se me achaca lo contrario: que utilizo palabras muy
latinoamericanas.

Yo creo que los registros linguísticos que uno puede dominar
proveen de más material para escribir. Pero a la vez la
superposición de varios de ellos es un hecho dañino: Yo tengo
que hacer un esfuerzo para que ese cuento o aquel trozo queden
en un lenguaje del cual no te puedan decir: Estos son
ecuatorianismos o esto es lengua coloquial o jerga muy
castellana.

Pero el problema se traduce también en la forma de ver el
mundo, ¿sí? que se te superpone. Es decir, estás a caballo
entre dos mundos, no sabes a quién te perteneces. En cierta
medida te hallas como exiliado o ves el mundo como extranjero.

Te digo que suelo ver el mundo con los ojos de un navegante:
llegas a un puerto y ves las cosas, llegas a otro puerto y ves
las cosas. Eso produce en mí cierta confusión a veces: no
entender la vida por ejemplo. Un ecuatoriano entiende la vida
ecuatoriana mejor que yo, y un español entiende la vida
española mejor que yo. Entonces yo no entiendo ni la una ni la
otra. Yo trato de entenderme a mí mismo, ¿sí?

También el estar a caballo entre dos mundos, como tú has
dicho, se refleja en algunos procedimientos narrativos. Por
ejemplo, tú nunca radicas la historia con informaciones muy
concretas en un espacio real. . El tratamiento del espacio
tiende a la simbolización. En "El espantapájaros", Portoquil,
el pueblo de la novela, es mucho de aquí pero...

-También es mucho de allá. Yo hago un proceso de abstracción y
después de concreción. Radico la historia en lugares que yo
mismo me invento, que pueden ser símbolos, pero no lo son
sólo de un lugar. A mí se me superponen recuerdos de mi
infancia, de mi juventud, junto con recuerdos de esta mi
segunda patria. Tengo que buscar lugares concretos nacidos de
una vivencia mía.. Esa vivencia la transmito como
Portoquil... El texto tiene elementos referenciales que son
latinoamericanos y otros de España.

Resulta entonces una ambivalencia. Yo voy a España y me dicen
"sudaca", hasta en mi propia familia, mis hermanos. Pero
cuando estoy aquí, me dicen español. ¿De dónde es uno? Yo
prefiero decir que soy ciudadano del mundo, para no
equivocarme.

Pero esta ciudadanía es peligrosa en términos de creación
literaria. Puede llevarte a evadir la historia concreta

Sí, es un problema. Pero yo no podría caer en un "realismo
realismo". Tendría muchos problemas. Primero dificultades de
registros linguísticos. Yo no puedo calcar registros que no
conozco, y, de hacerlo, aquello saldría muy artificial; en
segundo lugar, si yo trato de copiar registros linguísticos
españoles, tendría que ir a España por algún tiempo para
nuevamente retomarlos, a fin de que no salieran artificiales.

Sin embargo hay siempre el peligro de caer en mundo etérero.
Me cuido en las descripciones: trato de que sean lo más
realistas posibles. Todas tienen un referente. Es una
situación parecida a la que vivieron los cronistas de Indias ,
que no perdieron lo castellano, pero había muchas cosas que no
podían nombrar. Entonces sus crónicas, para el lector español
expresaban un mundo fantástico y mágico; para los ojos de
España era un mundo de sueño, irreal ; pero, con palabras
nuevas que se incorporaban al castellano, era un mundo tan
real como cualquier otro.

Un escritor sin secretos

Cada autor tiene formas propias de enfrentar su tarea más
concreta. ¿Cuáles son tus secretos del oficio?

-No hay secretos de oficio. Lo que hago es trabajar. Trabajo
de diferente manera el cuento y la novela .

¿Hay alguna diferencia esencial entre el cuento y la novela?

-¿Diferencia esencial? No. Se trata más bien de caracterizar a
una y otra expresión por la extensión, el tiempo y el espacio,
los personajes, la intensidad...Pero siempre hay cuentos y
novelas que se salen de la caracterización. No conozco una
definición de cuento o novela que me satisfaga. Lo que sí
conozco, en el proceso creativo, es si la idea que tengo es
para cuento o para novela.

¿Se trata de una intuición?

-Para mí las novelas nacen como algo que yo me cuento a mí
mismo y que soy capaz de contarlo a mi esposa; en cambio los
cuentos soy incapaz de contárselos, tengo primero que
escribirlos y después se los dejo a que los lea. Entonces así
noto lo que puede ser novela y lo que puede ser cuento. Porque
el cuento ya nace hecho para mí. En la novela, digo: voy a
contar una historia de ...y la narro. El chispazo es cuento.
El cuento sacude en muy pocas páginas. La novela necesita un
proceso más largo.

¿Cómo nacen tus cuentos y tus novelas?

-Los cuentos nacen de un chispazo, de algo que se me ocurre
conversando, yendo por la calle. Hay cuentos que salen en su
primera forma una media hora en la computadora. Pero después
hay un proceso de pulir el cuento, que me lleva de muchos días
o semanas.

¿Y las novelas? ¿Realizas una una planificación previa? ¿O te
confías en como vayan saliendo las cosas?

- No puedo comenzar a escribir si antes no tengo el título de
la novela, no puedo ponerme a escribir si no sé hacia dónde
voy a encarrilar el asunto, cuáles son los personajes
principales, qué sucede en líneas generales.

Y esto ¿lo escribes también?

-Lo escribo, utilizando ciertos recursos críticos. Pongo el
título. Inmediatamente parto de la historia que narro, cuáles
son los conflictos que se van a dar, qué personajes encarnan
cada posición dentro del conflicto, ciertas peripecias que se
producirán dentro de la novela, y el final.

Para mí lo más difícil es la primera página. Hay primeros
capítulos que he reescrito hasta quince veces. En la creación
de mi obra no hay misterios. Solamente hay un trabajo de
lectura y relectura, de escritura y rescritura.

Hablas de un plan relativamente minucioso. El acto de escribir
¿traiciona ese plan?

-Sí, pero más que el acto de escribir, los personajes se le
escapan a uno. Por más que uno quiera ser fiel a ellos y sepa
cómo van a actuar, hay veces que no hay lógica en los
personajes , otras veces se topa con dificultades de la misma
historia o el conflicto, que tampoco tienen lógica. Entonces,
a pesar de las previsiones, surgen, como en la vida, problemas
y comportamienos imprevistos. Estos pueden mejorar la
narración o empobrecerla.

¿Cómo nacieron "Jorma el predicador" y "El espantapájaros"?

-La primera casi sin plan. Nació como un deseo de querer
escribir. Tenía la idea de un pobre hombre que se dedica a
predicar por el mundo y eso era todo. En la segunda hubo un
proceso más elaborado, sabía lo que quería. Tuve el mayor
problema en el primer capítulo, para buscar el tono, que es
uno de los problemas más grandes que tiene un escritor.

¿Qué significar para un narrador buscar el tono?

-Todo narrador tien un tono, que implica su percepción del
mundo, registros linguísticos que maneja, el ritmo que va a
dar a las oraciones...

Pero ese tono nunca es uno sólo en la obra.

-Sí. Hay distintos tonos. Una lucha contra las voces
habitadas-

Creo que los temas de tu narrativa tienen dos vertientes
fundamentales: una filosófica y otra religiosa. Los personajes
como Jorma y Soler son buscadores, seres que quieren un tipo
de vida auténtica. Esa búsqueda está condenada al fracaso...

-Quizás ello refleje mi propia concepción del ser humano. El
hombre nunca está formado, sino en vías de formarse. La etapa
de formación acaba con la muerte. Considero al hombre como un
proyecto, un proyecto vital. Mis personajes están influidos
por esta concepción de un hombre que se interroga, busca,
trata de cambiar las circunstancias, aunque éstas a veces sean
más fuertes que la búsqueda y el acto de buscar.

Nuestra vida se hace. En ese proceso mis personajes son
inconformes, saben que el mundo no está terminado, que hay que
seguirlo construyendo.

Sin embargo esos buscadores no rompen con algunas certezas, y
tienden a formular su pensamiento en formas de un discurso
sentencioso.

- Tal vez ello responda a mi formación filosófica. Hay una
frase de Jorma que quizás pueda explicarme. Cada uno tiene su
verdad. Hay tantas verdades como individuos. Cada personaje
trata de plasmar su verdad, pero sin imponerla. El problema
viene de los fanatismos religiosos e ideológicos.

En un trabajo tuyo acerca de los cuentos de Raúl Pérez, citas
esta frase de Marcel Proust:" Un libro es un producto de otro
yo, diferente del que manifestamos en nuestras costumbres, en
la sociedad, en nuestros vicios". ¿Cuál es ese otro yo que
produjo tus libros?

-Ese otro yo es algo inexplicable que tratamos de explicar a
través del lenguaje. En el acto comunicativo manifiestas lo
que tú eres, y manifiestas también lo que tú no eres.

En el acto de escribir pasa lo mismo: manifiestas lo que eres
y quizás manifiestas eso que hubieras deseado ser pero que no
eres. ¿Qué es ese otro yo? Quizá sea eso que hubieses deseado
ser y que no eres.

En tu última novela ese otro yo revela una tendencia hacia el
recurso humorístico. El mundo de Jorma es más serio.

-Sí. A Jorma le achacaron el ser una obra demasiado seria. Mi
visión del mundo no es tan seria. Entonces dije: Voy a tratar
de ser más auténtico en mi trabajo de escritor.

Creo que la ironía es parte de mi: ver al mundo un tanto
cínicamente. Esto es traducción de un choque entre utopía y
realidad. Quizás de ese choque salen un cinismo, un humorismo
y la ironía.

Todo escritor tiene sus santos patronos. ¿Cuáles son los
tuyos?

-No soy fanático de ningún escritor. He leído bastante la
literatura latinoamericana. Yo creo que a los que más debo son
a los escritores latinoamericanos.

Hay algo garciamarquiano en "El espantapájaros".

-Sí. Pero creo que debo más a Rulfo que ha Gabriel García
Márquez. Sin embargo los que han leído la obra dicen que hay
mucha más tendencia garciamarquiana.

Ahora en las obras siguientes he tenido que luchar contra esas
voces habitadas que te quedan de tus lecturas. Es parte del
proceso. También en García Márquez se hallan voces habitadas
que pueden ser de Hemingway o Balzac. García Márquez fue
encontrado su propia voz hasta que dio con "Cien años de
soledad". (C-3)

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