El triunfo de Rafael Correa fue indiscutible. Sin embargo, no es una garantía para que el Presidente electo tenga su Asamblea Constituyente ni el Congreso le será fácil
Encuestador, analista, politólogo pueden ser profesiones muy entretenidas en el Ecuador.
El mundo de lo político es tan dinámico y zigzagueante que aprehender y desmenuzar la realidad resulta un desafío mental y un ejercicio complejo.
Por eso, como para curarse en sano, los encuestadores repiten antes de cada elección Cualquier cosa puede pasar.
El resultado del domingo 26 de noviembre no fue la excepción. En menos de seis semanas (lo que dura la campaña de la segunda vuelta) la intención de voto se viró de forma drástica.
¿Cómo explicar que de una ventaja de casi 20 puntos que el candidato Álvaro Noboa tenía al día siguiente de la primera vuelta (15 de octubre), Rafael Correa haya triunfado con un contundente 13 por ciento sobre su oponente?
Es un hecho que para eso están las campañas electorales y las estrategias: ganar los votos, adherir al indeciso, convencer al ciudadano indiferente.
Pero un cambio radical en tan poco tiempo tiene raíces más profundas que un buen mercadeo político.
En este resultado se refleja el estado del país, donde las posturas ideológicas, las construcciones de proyectos y la institucionalización de la política siguen ausentes.
La historia se repite desde 1996: los dos finalistas, de un tablero político muy fragmentado, en el balotaje se juegan más por los defectos del otro que por sus programas, el sentimiento que subyace es que se votó por el menos malo.
Entonces más que el triunfo de un candidato o de un proyecto, se da la derrota del otro por su mala campaña.
Al buscar las causas de la votación a favor del presidente electo, Rafael Correa, se encuentra ese mismo ingrediente.
Los cuatro analistas consultados aseguran que el voto castigo fue fundamental en el triunfo de Correa.
Según Hernán Pérez Loose, abogado y editorialista de El Universo, Buena parte de los votos a favor de Rafael Correa Delgado iban dirigidos en contra de Álvaro Noboa Pontón.
El politólogo y académico Julio Echeverría apunta en una dirección similar: El resultado refleja una oposición hacia Noboa, más que una adhesión unívoca a la postura de Correa.
Tras del voto de Correa hay dos vertientes: una maximalista, que es la que recoge el 22 por ciento de la primera vuelta, que adhiere a la convocatoria a una Asamblea Constituyente de plenos poderes.
El 30 por ciento restante puede ser reformista, pero no estuvo con su propuesta en la primera vuelta. Esto le obliga a ser consecuente con el mandato recibido y hacer su reforma enmarcada en un procedimiento constitucional.
¿Y las ofertas?
La misma sensación de sorpresa que dejó el triunfo en primera vuelta de Noboa, se repitió con Correa en el balotaje.
Otra escena que se reprodujo: nadie previó una ventaja tan amplia para el triunfador.
El 15 de octubre, el éxito de Noboa fue atribuido a que apuntó con precisión a las necesidades de los votantes. ¿Qué pasó con esas ofertas tan efectivas? ¿Por qué no le funcionaron para en esta tercera campaña por fin cumplir su sueño de llegar a Carondelet?.
De hecho, en la segunda vuelta la puja se redobló. Prometió cambios que bordeaban lo risible, pero su aura de Rey Midas y súper empresario lo garantizaban ante un electorado que parecía creer en su capacidad.
En cambio, Correa comenzó con un gran traspié al no reconocer con ecuanimidad su derrota.
Además entró a jugar en la cancha de Noboa con ofertas y dejó de lado la reforma política.
Explicación oficial del giro: la segunda vuelta debía ser más concreto. Pero más allá de ese cambio y de esa tonalidad populista en que ambas campañas ofrecían cosas irrealizables, la clave del éxito se centró en la imagen personal.
Correa jugó sobre su historia y su vida, el ser una persona común que logró superarse, de hecho para muchos la imagen de su madre en la campaña fue importante.
Esto sumado a su carisma marcó el contraste con su oponente.
Las virtudes de Correa pudieron más que la reputación de mal empleador de Noboa.
Más miedo provocó la idea de que Noboa monopolice todos los poderes (político y económico) que el comunista Correa.
Eso explica que captó un electorado que abarcaba un espectro amplio: desde el votante de la Sierra profunda, que en primera vuelta se fue con Sociedad Patriótica, hasta una importante clase media urbana.
Por eso en algunas provincias de la Sierra ganó con una diferencia de 3 a 1, y en los feudos políticos de Noboa (Guayas y Manabí) perdió con menos del 15 por ciento.
Benjamín Ortiz, director de la empresa de análisis coyuntural y empresarial Quantum, explica: Álvaro Noboa ofrecía cosas importantes para la gente. La campaña de propuestas fue muy exitosa, más que la del contraestablecimiento de Rafael Correa.
Pero el Presidente electo cambió de estrategia. Mientras que Noboa en lugar de sostener el supuesto riesgo para la economía de la gente que podía implicar Correa, se centró demasiado en el ataque personal. Entonces el miedo a Correa se diluyó. Y el que muchos medios realzaran las diferencias de personalidad y trayectoria ayudó.
Un argumento similar mantiene Pérez Loose. En la segunda vuelta Correa dio un giro fundamental. Sin dejar de ser el candidato de izquierda, dio tranquilidad a la clase media del país.
Noboa dio la imagen de un multimillonario dadivoso, pero la gente percibe que sus limosnas no resuelven los problemas de fondo de los pobres, opina el investigador y catedrático Marcelo Ortiz Villacís.
Una tesis que ratifica el futuro ministro de Gobierno, Gustavo Larrea, para quien ganó una candidatura de propuestas que no se limitó a lanzar camisetas o regalar avena, Triunfó la estrategia de la dignidad y la ciudadanía.
Izquierda o derecha
La visión internacional sobre las elecciones era que el país se polarizó entre un candidato radical de izquierda y uno de derecha. O el nacionalista Correa y el liberal Noboa, como los llamaban en los despachos de la prensa extranjera.
Pero estas categorías no siempre funcionan y la segunda vuelta mostró estos matices tan ecuatorianos.
Es verdad que Correa tuvo que bajar su tono radical y ser más conciliador para no aparecer tan a la izquierda.
Pero las acusaciones en contra de Correa como comunista y las críticas del presidente venezolano Hugo Chávez en contra de Noboa, tuvieron menos peso en la campaña que la presencia de Guillermo (Pichi) Castro Dáger y de otros políticos rechazados.
Por eso el voto de los indecisos, que fue uno de los puntos definitorios, y el de los votantes de otros candidatos se definieron más por una cuestión visceral.
De hecho, Correa no llega como el candidato de la izquierda unida, ni Noboa representa un liberalismo moderno y empresarial como pudo ser Joaquín Lavin en Chile.
Esta indiferencia política no es un monopolio ecuatoriano.
Lo que sí es una particularidad local es que aquí se llama populismo. Porque mientras en otros países la indiferencia se debe a que de todas maneras la institucionalidad funciona, aquí la esperanza es que el próximo mandatario será el refundador.
El que haga todo lo que los otros no pudieron. Para Marcelo Ortiz Villacís, el país ha vivido bajo el imperio del voto populista.
El pueblo ecuatoriano ha entregado su voto cautivo al populismo durante largos 75 años, con oasis cuasi partidarios de cuatro años, en los gobiernos del liberal Carlos Alberto Arroyo del Río, del conservador Camilo Ponce Enríquez y del social-demócrata Rodrigo Borja Cevallos.
Para Echeverría en alguna medida sí se puede hablar de un enfrentamiento de posturas ideológicas opuestas, pero que no corresponden a los lineamientos políticos contemporáneos globales. Fue una confrontación entre una especie de liberalismo de corte arcaico con tintes religiosos, y por el otro una postura de izquierda tradicional, de valores ideológicos que fueron dominantes en los 70.
El enfrentamiento se da en un campo bastante retrasado en cuanto a las consideraciones del mundo. Correa se conecta con una línea de la izquierda que se expresa en el eje Castro-Chávez-Morales, no se encuentran vinculaciones claras con la izquierda nueva, más atenta a la valorización política, más democrática.
Para Echeverría esto se refleja en su postura anti-política, lo que pone en seria duda el concepto de representación como eje fundamental de la política moderna, una postura reactiva a la crisis que están pasando los diferentes regímenes, donde no hay una propuesta de reconstrucción política.
Un duro 2007
En 45 días Correa tendrá que andar el duro camino del poder. ¿Cómo será? Luego de su triunfo se mostró más bien cauto aunque firme en sus posturas originales.
En enero de 2007, deberá contraponer sus promesas de campaña con la realidad: enfrentarse al manejo del presupuesto, no poder asumir de manera inmediata sus ofertas (como doblar el bono de la pobreza), y ganar la Consulta con la que se constituiría una Asamblea Constituyente de plenos poderes.
Esto implica duplicar su 22 por ciento del electorado que lo apoyó en la primera vuelta, pero con el desgaste usual de quienes llegan a Carondelet.
Todo esto con un Congreso que seguramente no le hará la vida fácil.
Por eso para Pérez Loose el no haber presentado una lista de candidatos a diputado es un error fundamental Va a pagar alto ese error, aunque los presidentes electos digan que pueden gobernar sin el Congreso, en la práctica eso es difícil.
A pesar de que según Gustavo Larrea, el futuro Gobierno ya cuenta con el apoyo de 39 diputados, la reforma política, a través de la Constituyente, será el primer gran escollo para Correa, más en un país donde la confrontación política es la única forma de hacer puntos.
Otro aspecto delicado será la relación con los Estados Unidos y con los organismos multilaterales. Según Benjamín Ortiz hay tres Correas, el de primera vuelta radical y confrontacional; el de segunda más moderado, y del triunfo que otra vez ataca a la llamada partidocracia y otra vez entra en una lucha política. Cómo será de Presidente, todavía es un enigma.
En muchos ámbitos su margen de maniobra será limitado porque deberá medirse con otros poderes, como por ejemplo en las relaciones que tenga con alcaldes fuertes como Jaime Nebot. O en las negociaciones con los gremios y cámaras de la producción.
Para Gustavo Larrea ese no es un problema, él sostiene que buscarán el consenso y los acuerdos con todos los sectores que quieran el cambio profundo en el país.
En todo caso, ya no podrá permitirse las declaraciones acaloradas de la campaña, porque los riesgos son altos.
Si se pelea con los multilaterales podríamos entrar en un circuito que nos lleve a perder soberanía con relación a Venezuela, porque terminaríamos entrando en su eje político, sostiene Julio Echeverría.
Problemas que no dependerán solo de sus declaraciones sino de cómo conforme su grupo de Gobierno.
¿Vendrán de los sectores más radicales de Alianza País? ¿Buscará alianzas más hacia el centro? ¿Se convertirá en un pragmático al estilo del presidente brasileño Lula da Silva?
Las preguntas están abiertas. Lo único evidente es que la confrontación entre el Ejecutivo y el Legislativo seguirá siendo la tónica en la vida política.
Ana Karina López
Encuestador, analista, politólogo pueden ser profesiones muy entretenidas en el Ecuador.
El mundo de lo político es tan dinámico y zigzagueante que aprehender y desmenuzar la realidad resulta un desafío mental y un ejercicio complejo.
Por eso, como para curarse en sano, los encuestadores repiten antes de cada elección Cualquier cosa puede pasar.
El resultado del domingo 26 de noviembre no fue la excepción. En menos de seis semanas (lo que dura la campaña de la segunda vuelta) la intención de voto se viró de forma drástica.
¿Cómo explicar que de una ventaja de casi 20 puntos que el candidato Álvaro Noboa tenía al día siguiente de la primera vuelta (15 de octubre), Rafael Correa haya triunfado con un contundente 13 por ciento sobre su oponente?
Es un hecho que para eso están las campañas electorales y las estrategias: ganar los votos, adherir al indeciso, convencer al ciudadano indiferente.
Pero un cambio radical en tan poco tiempo tiene raíces más profundas que un buen mercadeo político.
En este resultado se refleja el estado del país, donde las posturas ideológicas, las construcciones de proyectos y la institucionalización de la política siguen ausentes.
La historia se repite desde 1996: los dos finalistas, de un tablero político muy fragmentado, en el balotaje se juegan más por los defectos del otro que por sus programas, el sentimiento que subyace es que se votó por el menos malo.
Entonces más que el triunfo de un candidato o de un proyecto, se da la derrota del otro por su mala campaña.
Al buscar las causas de la votación a favor del presidente electo, Rafael Correa, se encuentra ese mismo ingrediente.
Los cuatro analistas consultados aseguran que el voto castigo fue fundamental en el triunfo de Correa.
Según Hernán Pérez Loose, abogado y editorialista de El Universo, Buena parte de los votos a favor de Rafael Correa Delgado iban dirigidos en contra de Álvaro Noboa Pontón.
El politólogo y académico Julio Echeverría apunta en una dirección similar: El resultado refleja una oposición hacia Noboa, más que una adhesión unívoca a la postura de Correa.
Tras del voto de Correa hay dos vertientes: una maximalista, que es la que recoge el 22 por ciento de la primera vuelta, que adhiere a la convocatoria a una Asamblea Constituyente de plenos poderes.
El 30 por ciento restante puede ser reformista, pero no estuvo con su propuesta en la primera vuelta. Esto le obliga a ser consecuente con el mandato recibido y hacer su reforma enmarcada en un procedimiento constitucional.
¿Y las ofertas?
La misma sensación de sorpresa que dejó el triunfo en primera vuelta de Noboa, se repitió con Correa en el balotaje.
Otra escena que se reprodujo: nadie previó una ventaja tan amplia para el triunfador.
El 15 de octubre, el éxito de Noboa fue atribuido a que apuntó con precisión a las necesidades de los votantes. ¿Qué pasó con esas ofertas tan efectivas? ¿Por qué no le funcionaron para en esta tercera campaña por fin cumplir su sueño de llegar a Carondelet?.
De hecho, en la segunda vuelta la puja se redobló. Prometió cambios que bordeaban lo risible, pero su aura de Rey Midas y súper empresario lo garantizaban ante un electorado que parecía creer en su capacidad.
En cambio, Correa comenzó con un gran traspié al no reconocer con ecuanimidad su derrota.
Además entró a jugar en la cancha de Noboa con ofertas y dejó de lado la reforma política.
Explicación oficial del giro: la segunda vuelta debía ser más concreto. Pero más allá de ese cambio y de esa tonalidad populista en que ambas campañas ofrecían cosas irrealizables, la clave del éxito se centró en la imagen personal.
Correa jugó sobre su historia y su vida, el ser una persona común que logró superarse, de hecho para muchos la imagen de su madre en la campaña fue importante.
Esto sumado a su carisma marcó el contraste con su oponente.
Las virtudes de Correa pudieron más que la reputación de mal empleador de Noboa.
Más miedo provocó la idea de que Noboa monopolice todos los poderes (político y económico) que el comunista Correa.
Eso explica que captó un electorado que abarcaba un espectro amplio: desde el votante de la Sierra profunda, que en primera vuelta se fue con Sociedad Patriótica, hasta una importante clase media urbana.
Por eso en algunas provincias de la Sierra ganó con una diferencia de 3 a 1, y en los feudos políticos de Noboa (Guayas y Manabí) perdió con menos del 15 por ciento.
Benjamín Ortiz, director de la empresa de análisis coyuntural y empresarial Quantum, explica: Álvaro Noboa ofrecía cosas importantes para la gente. La campaña de propuestas fue muy exitosa, más que la del contraestablecimiento de Rafael Correa.
Pero el Presidente electo cambió de estrategia. Mientras que Noboa en lugar de sostener el supuesto riesgo para la economía de la gente que podía implicar Correa, se centró demasiado en el ataque personal. Entonces el miedo a Correa se diluyó. Y el que muchos medios realzaran las diferencias de personalidad y trayectoria ayudó.
Un argumento similar mantiene Pérez Loose. En la segunda vuelta Correa dio un giro fundamental. Sin dejar de ser el candidato de izquierda, dio tranquilidad a la clase media del país.
Noboa dio la imagen de un multimillonario dadivoso, pero la gente percibe que sus limosnas no resuelven los problemas de fondo de los pobres, opina el investigador y catedrático Marcelo Ortiz Villacís.
Una tesis que ratifica el futuro ministro de Gobierno, Gustavo Larrea, para quien ganó una candidatura de propuestas que no se limitó a lanzar camisetas o regalar avena, Triunfó la estrategia de la dignidad y la ciudadanía.
Izquierda o derecha
La visión internacional sobre las elecciones era que el país se polarizó entre un candidato radical de izquierda y uno de derecha. O el nacionalista Correa y el liberal Noboa, como los llamaban en los despachos de la prensa extranjera.
Pero estas categorías no siempre funcionan y la segunda vuelta mostró estos matices tan ecuatorianos.
Es verdad que Correa tuvo que bajar su tono radical y ser más conciliador para no aparecer tan a la izquierda.
Pero las acusaciones en contra de Correa como comunista y las críticas del presidente venezolano Hugo Chávez en contra de Noboa, tuvieron menos peso en la campaña que la presencia de Guillermo (Pichi) Castro Dáger y de otros políticos rechazados.
Por eso el voto de los indecisos, que fue uno de los puntos definitorios, y el de los votantes de otros candidatos se definieron más por una cuestión visceral.
De hecho, Correa no llega como el candidato de la izquierda unida, ni Noboa representa un liberalismo moderno y empresarial como pudo ser Joaquín Lavin en Chile.
Esta indiferencia política no es un monopolio ecuatoriano.
Lo que sí es una particularidad local es que aquí se llama populismo. Porque mientras en otros países la indiferencia se debe a que de todas maneras la institucionalidad funciona, aquí la esperanza es que el próximo mandatario será el refundador.
El que haga todo lo que los otros no pudieron. Para Marcelo Ortiz Villacís, el país ha vivido bajo el imperio del voto populista.
El pueblo ecuatoriano ha entregado su voto cautivo al populismo durante largos 75 años, con oasis cuasi partidarios de cuatro años, en los gobiernos del liberal Carlos Alberto Arroyo del Río, del conservador Camilo Ponce Enríquez y del social-demócrata Rodrigo Borja Cevallos.
Para Echeverría en alguna medida sí se puede hablar de un enfrentamiento de posturas ideológicas opuestas, pero que no corresponden a los lineamientos políticos contemporáneos globales. Fue una confrontación entre una especie de liberalismo de corte arcaico con tintes religiosos, y por el otro una postura de izquierda tradicional, de valores ideológicos que fueron dominantes en los 70.
El enfrentamiento se da en un campo bastante retrasado en cuanto a las consideraciones del mundo. Correa se conecta con una línea de la izquierda que se expresa en el eje Castro-Chávez-Morales, no se encuentran vinculaciones claras con la izquierda nueva, más atenta a la valorización política, más democrática.
Para Echeverría esto se refleja en su postura anti-política, lo que pone en seria duda el concepto de representación como eje fundamental de la política moderna, una postura reactiva a la crisis que están pasando los diferentes regímenes, donde no hay una propuesta de reconstrucción política.
Un duro 2007
En 45 días Correa tendrá que andar el duro camino del poder. ¿Cómo será? Luego de su triunfo se mostró más bien cauto aunque firme en sus posturas originales.
En enero de 2007, deberá contraponer sus promesas de campaña con la realidad: enfrentarse al manejo del presupuesto, no poder asumir de manera inmediata sus ofertas (como doblar el bono de la pobreza), y ganar la Consulta con la que se constituiría una Asamblea Constituyente de plenos poderes.
Esto implica duplicar su 22 por ciento del electorado que lo apoyó en la primera vuelta, pero con el desgaste usual de quienes llegan a Carondelet.
Todo esto con un Congreso que seguramente no le hará la vida fácil.
Por eso para Pérez Loose el no haber presentado una lista de candidatos a diputado es un error fundamental Va a pagar alto ese error, aunque los presidentes electos digan que pueden gobernar sin el Congreso, en la práctica eso es difícil.
A pesar de que según Gustavo Larrea, el futuro Gobierno ya cuenta con el apoyo de 39 diputados, la reforma política, a través de la Constituyente, será el primer gran escollo para Correa, más en un país donde la confrontación política es la única forma de hacer puntos.
Otro aspecto delicado será la relación con los Estados Unidos y con los organismos multilaterales. Según Benjamín Ortiz hay tres Correas, el de primera vuelta radical y confrontacional; el de segunda más moderado, y del triunfo que otra vez ataca a la llamada partidocracia y otra vez entra en una lucha política. Cómo será de Presidente, todavía es un enigma.
En muchos ámbitos su margen de maniobra será limitado porque deberá medirse con otros poderes, como por ejemplo en las relaciones que tenga con alcaldes fuertes como Jaime Nebot. O en las negociaciones con los gremios y cámaras de la producción.
Para Gustavo Larrea ese no es un problema, él sostiene que buscarán el consenso y los acuerdos con todos los sectores que quieran el cambio profundo en el país.
En todo caso, ya no podrá permitirse las declaraciones acaloradas de la campaña, porque los riesgos son altos.
Si se pelea con los multilaterales podríamos entrar en un circuito que nos lleve a perder soberanía con relación a Venezuela, porque terminaríamos entrando en su eje político, sostiene Julio Echeverría.
Problemas que no dependerán solo de sus declaraciones sino de cómo conforme su grupo de Gobierno.
¿Vendrán de los sectores más radicales de Alianza País? ¿Buscará alianzas más hacia el centro? ¿Se convertirá en un pragmático al estilo del presidente brasileño Lula da Silva?
Las preguntas están abiertas. Lo único evidente es que la confrontación entre el Ejecutivo y el Legislativo seguirá siendo la tónica en la vida política.
Ana Karina López
Hora GMT: 30/Noviembre/2006 - 05:00 Fuente: Revista Vistazo Ciudad Quito

