Quito. 8 ene 99. (Editorial) "El barco del que yo he agarrado el
timón tiene el agua hasta la mitad pero deberé llevarlo a puerto",
declaró al director de este diario, el doctor Jamil Mahuad, en una
larga y exclusiva entrevista que concediera con el propósito de
informar sobre la agenda gubernamental para 1999. El tono de las
declaraciones presidenciales es poco optimista. En una actitud sin
precedentes manifiesta que el barco cuyo timón está en sus manos
capitaneó Alarcón rodeado de una tripulación corrupta (a pesar de
las evidencias que se denuncian no existe ni un triste "polizón"
del alarconato que sea juzgado por corrupto). Acordarse de las
barbaridades cometidas por el Gobierno anterior solamente para
magnificar la crisis y endosarle todos los errores no es ético ni
conduce a puerto seguro. El país espera, desde hace rato, que el
poder del Estado y sus funciones cumplan con la tarea fiscalizadora
y no queden los ilícitos en la impunidad. Hacer un país gobernable
sobre la base del silencio no es más que convertirlo en un
"sepulcro blanqueado".
El año recién concluido deja como único saldo positivo un acuerdo
de paz cuyos réditos se cosecharán en la medida en que aprendamos
a sembrar en terreno fértil y estemos dispuestos a una distribución
equitativa de sus frutos. Hay que reconocer que el mérito de haber
alcanzado la paz corresponde fundamentalmente al presidente. No por
ello deberá envanecerse y dormirse en los laureles. Si luego de
plantados los hitos todo sigue igual, la historia será implacable
con quien no comprenda que la paz de los pueblos no tiene que ver
solamente con la delimitación de sus fronteras, sino también con la
satisfacción de las necesidades de su gente, la que tiene derecho
a llevar una vida digna, garantizada por un Estado y una sociedad
más humanos, más solidarios.
Siempre y cuando cambie el rumbo y estilo de la política y se
impulse un proyecto nacional justo y democrático, este nuevo año
puede convertirse en un punto de inflexión entre un pasado
tormentoso, caracterizado por una democracia tambaleante y una
economía débil e insolidaria y un futuro promisorio.
Lamentablemente, las privatizaciones (telefonía, electrificación e
hidrocarburos) constituirán los ejes de la profundización de la
modernización neoliberal, a las que se sumarán la reforma de la
seguridad social (probablemente, también sustentada en la
privatización) y del sistema financiero. Si bien en aquellos campos
hay mucho que hacer, la privatización no solucionará los problemas
fundamentales. Lo más probable es que tengamos servicios mucho más
caros y una menor población atendida.
El precio del petróleo no mejorará ni bajará el precio de los
combustibles. Las tasas de interés y el "diferencial" continuarán
por las nubes. La pobreza, en consecuencia, no se atenuará. La
derecha neoliberal se habría jugado su última carta. Más aún cuando
el timón del barco que no se hunde porque "Taita Dios" es grande es
capitaneado por dos almirantes: Uno con charreteras amarillas y
otro con charreteras verdes. Si el barco no zozobra es porque ambos
capitanes, por ahora, intentan arribar al mismo puerto. ((DIARIO
HOY) (P. 5-A)
Ciudad Quito

