Rey de reyes

Publicado el 11/Enero/2006 | 00:00

La religiosidad popular, cuando entra en ebullición, lanza al aire toda la cohetería de sus fiestas y deviene en espectáculo. Es una visualización intensa de la vivencia religiosa. Naturalmente, visualizar y convertir en contemplable esa experiencia religiosa tiene como fin ahondarla mediante la fuerza potenciadora que posee todo acto expresivo. También aquí nos encontramos con una doble herencia: el afán teatral de las fiestas indígenas que, con danzas y representaciones, transmitían sus mitos e historia, y el carácter preponderantemente visual de la cultura española en el otoño de la Edad Media, que se transmitió soterradamente a través de la cultura rural. Partiendo del hecho antropológico y tratando de descubrir la dimensión religiosa de lo popular, Luis Maldonado, en su ensayo: Religiosidad popular. Nostalgia de lo mágico (Madrid, 1975), asevera: “Todo lo que se quiere expresar es recogido en una imagen óptica. Se piensa solo en representaciones visuales. La satisfacción plena llega no en las ideas, sino en las imágenes. Los medios pictóricos, mucho más desarrollados que los literarios, contribuyen al predominio de esta inclinación”.
En el barrio de Santa Rosa, en la ciudad de Riobamba, una pequeña casa esquinera y con un patio interior es el lugar donde reposa la imagen del Niño ‘Rey de reyes’. Aunque, en la década de 1940, algunos devotos visitaban este santuario doméstico y acompañaban a la ‘Misa del Niño’ el 6 de enero, solo a mediados de los ochenta adquiere la fiesta mayor magnitud. Los principales protagonistas de la fiesta pertenecen a familias vinculadas con el negocio de la carne, pues, en décadas pasadas, el barrio albergaba el camal municipal. Como en otras ciudades (por ejemplo, en Quito el barrio de San Blas), en sus orígenes, Santa Rosa era un arrabal habitado por los ‘cutos’: comerciantes, particularmente de carne, descendientes de una casta aristocrática indígena, cuya función era servir de intermediarios del control político y religioso que imperaba en las comunidades parroquiales corporativas. Todavía en décadas pasadas era un orgullo ser de ‘los cutos de Santa Rosa’: matarifes cuchilleros, bebedores de chicha y comedores de ‘caucara’, por lo que la ciudadanía de Riobamba todavía califica a la solemnidad del Rey de reyes como la ‘fiesta de los cutos’. (Víctor A. Campaña: Fiesta y poder. Quito, 1991).
Por ser la fiesta una representación teatral, nacida del aliento religioso-popular, fácilmente se desprende de la liturgia cristiana y se transforma en un espectáculo. Es peligroso, entonces, que la fiesta sea manipulada y que en ella se visualicen, como fetiches, valores religiosos subordinados a los intereses económicos y a inconfesables propuestas políticas, pues el núcleo religioso de la fiesta continúa en ferias, banquetes y mercados, con la obligación de devolver el equivalente de dones recibidos bajo la pena de un castigo divino que es, de todos modos, menor al prestigio perdido.

Ciudad Quito



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