Quito. 28 feb 2001. Los acontecimientos de las últimas semanas en
Sucumbíos y Esmeraldas nos han evidenciado que la guerra de Colombia
estuvo y está del lado ecuatoriano de la frontera. En la medida en que
avanzan las negociaciones de paz entre Pastrana y Tiro Fijo, se agudizan
las confrontaciones. Paramilitares, guerrilleros y militares intentan
afianzarse para los diálogos. Al tiempo que el narcotráfico apura sus
enclaves en nuestro país.
Simultáneamente, el anuncio anticipado del Plan Colombia en el que, al
parecer no creen ni los propios funcionarios del nuevo régimen de Estados
Unidos- evidenció situaciones que el Ecuador ha vivido desde hace mucho
tiempo: una población fronteriza tomada entre dos fuegos, obligada un día
a ser informante de los militares y otro correo de alimentos o vituallas
de los guerrilleros o los narcos.
¿Es nuevo lo que ocurre en la frontera, la industria del secuestro , las
vendettas entre narcotraficantes, las poblaciones que protagonizan un
doloroso exilio interior? No es nuevo, pero sí se ha profundizado. Y
sobre todo ha ganado espacios de difusión, hecho positivo, producto de
una campaña sistemática de denuncias en torno al Plan Colombia, que han
acabado por visibilizar frente a todo el país un viejo drama de las
poblaciones excluidas y abandonadas en el borde de la frontera.
Lo cierto es que la regionalización de un conflicto va tornándose una
peligrosa realidad, que incluso parece preocuparle al presidente Gustavo
Noboa, que a comienzos de año afirmó que el Plan Colombia no le quitaba
un minuto de sueño.
En efecto, el canciller Moeller ha viajado a Washington para insistir en
la ayuda económica norteamericana para contrarrestar los efectos sociales
de una violencia difícil de erradicar. Los desacuerdos sobre el
tratamiento del Plan Colombia provocaron en días pasados una crisis en el
círculo más cercano al presidente, que ahora habla de una neutralidad
mayor del Ecuador frente al Plan Colombia, lo que puede, en algún momento
conducir a una renegociación del uso de la base de Manta. Finalmente,
hasta los desconcertados discursos de la jefatura militar en estos días
podrían estar testimoniando las tensiones que la crisis de la frontera
norte está provocando en las Fuerzas Armadas. Habría, a propósito de
aquello, que recordar el análisis de la revista Ecuador Debate de hace
algunos meses, en donde Fernando Bustamante anticipaba los peligros de
exagerar las loas y las condenas al Plan Colombia, peligros que incluso
podían llevar a que repitamos situaciones vividas en la frontera sur hace
unos años: justificación de mayores gastos militares, secretismo militar
que vaya más allá de lo necesario, e incremento del rol militar en la
vida política ecuatoriana.
Sin embargo, a momentos parecería que estamos mezclando la prolongada
guerra colombiana con el Plan Colombia en sí. A momentos, el Plan
Colombia toma los perfiles de una entelequia, a cuyo nombre ocurren todos
los conflictos fronterizos, incluso antes de que el Plan alcance su plena
ejecución.
Y no es que estemos minimizando los efectos del Plan Colombia, tal como
fue diseñado y difundido inicialmente, pero tampoco se trata de
sobreestimarlo al extremo de responsabilizarlo, ya, de todo lo que
ocurre.
De lo contrario, podemos encontrarnos buscando la solución a un conflicto
de origen militar y mafioso, que cruza fronteras muy frágiles, por el
lado de las decisiones políticas. Una renegociación del Plan Colombia
puede ser importante, pero una mayor neutralidad ecuatoriana en el
terreno político, no va a evitar el contagio del conflicto.
Parecería por tanto necesario delimitar los terrenos, el político del
terreno de los hechos producto de una realidad cotidiana que no ha podido
ser desmentelada por política alguna.
Si solo consideráramos un aspecto político del Plan Colombia, los
programas para la destrucción de los cultivos "ilegales" y su remplazo
por producciones "legales", bastaría fijarse en lo que ha ocurrido en
Bolivia, donde las políticas por extirpar el cultivo de la coca no han
producido más que miseria económica de los campesinos e incertidumbre
cultural en los pueblos indígenas.
En síntesis, vale desconfiar de las miradas políticas. Vale desconfiar de
las acusaciones generalizadoras con respecto al Plan Colombia, porque
este puede acabar siendo fuego de artificio para soslayar, tanto el
conflicto político colombiano, como la naturaleza histórica de la
exclusión de los pueblos fronterizos. Vale remplazar, tanto la
indiferencia como la retórica de la neutralidad política, por acciones de
desarrollo en la región fronteriza, para contrarrestar, al menos, los
efectos de la marginalidad, escenario en el que se reproduce la
violencia; y buscar una alianza regional para transformar la vida
cotidiana en las fronteras.
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