CUENCA. 10 may 97. Un lugar ideal para pasear. Eso es lo que
es San Miguel de Putushí, una comunidad rural que se encuentra
dentro de los límites de la Cuenca urbana, pero ha logrado
conservar hasta ahora su carácter campestre.
Desde que, hace un par de años, abrieran aquí las "Cabañas del
Cabogana", cada vez más cuencanos, visitantes de la Costa y
turistas extranjeros descubren esta forma, poco usual en
nuestro medio, de recrearse en la naturaleza.
Nada tiene que ver con las forzadas y riesgosas marchas de los
andinistas. Aquí, partiendo de la apacible hostería y equipada
con las recomendaciones de sus dueños, toda la familia se pone
en movimiento, para ir descubriendo plantas, árboles y
paisajes.
Cercas vivas bordean parte de los caminos. Y mientras bosques
de eucalipto le dan intimidad al ambiente, a lo lejos se
divisan las montañas del Cajas.
Todo este lugar y las comunidades aledañas de Buenos Aires y
Racar están custodiadas por el cerro Cabogana, palabra quichua
que quiere decir "entre el bien y el mal".
Todo este verde está salpicado de galpones largos y abiertos a
los costados, cubiertos de tejas rojas, o últimamente de
plástico, en los que filas de ladrillos crudos forman figuras
geométricas regulares. San Miguel de Putushí, una comunidad
básicamente agrícola, trata de mejorar sus ingresos con la
quema de ladrillos.
En una competencia desigual contra otras comunidades -como
Racar y Sinincay, e incluso tan distantes como Santa Isabel-,
San Miguel intenta, a través de un proceso largo y esforzado,
de compensar la mejor calidad de la tierra y las temperaturas
más elevadas de esos otros suministradores, donde los
ladrillos simplemente se secan al aire libre y en poquísimo
tiempo.
Sin embargo, para el paseante, son justamente estos techos
largos sobre el entramado de madera los que dan sabor al
paisaje de San Miguel.
Cómo se hacen los ladrillos
Sólo 500 sucres cuesta, en Cuenca, un ladrillo de San Miguel
de Putushí. En su elaboración, los ladrilleros invierten
semanas de trabajo y espera. Según uno de ellos, que prefiere
no dar su nombre, porque la gente de San Miguel es celosa de
sus secretos, algunos de los ladrilleros tienen tierra propia,
otros la compran en una mina cercana. Una carreta tirada por
una yunta de bueyes la traslada al "noque", fosa de unos cinco
metros de diámetro y 30 centímetros de profundidad que se
llena con una 20 carretadas. Cubierta con agua, la tierra
mezclada con arena permanece el día y la noche en remojo. Al
día siguiente se saca el agua y se pica la tierra; luego,
cuatro o cinco caballos la pisan, caminando en ruedo durante
todo el día con el lodo hasta las rodillas. Finalmente, el
barro se llena en los moldes de madera remojados y los
ladrillos, ya formados, se ponen a secar en los galpones
durante dos semanas.
Finalmente, los ladrillos se queman en un horno espacial. Diez
horas - en otros casos más y en algunos menos- demora la
cocción, durante la cual el gris pardo del lodo se convierte
en rojo. Otra semana tardan los ladrillos en enfriarse.
(DIARIO HOY) (P. 1-B)

