Quito. 18 mar 97. (Editorial) Voy a morirme lejos , voy a
morirme solo, sin molestar a nadie. Para que nadie vaya a
sufrir diré que ni siquiera te conozco. Cogeré el peor de los
caminos y no regresaré a verte ni al momento de cruzar los más
difíciles senderos. Todo mi sufrimiento se irá en llorar
cuando la pasión mortal se derrumbe de tanto mirar pasar los
dolores. El destino fatal nos persigue. El mismo maldito
fulgor de los besos mató el tiempo alegre de los instantes
caprichosos, demasiado engañosos, el corazón a pesar de tanto
golpe también tiene derecho a la vida.
El sentimiento en sobrecogedora expresión de sufrimiento. El
amor, la pasión, la ilusión. La vida. No han transcurrido los
días suficientes y se enciende la ofensiva en favor del
resplandor maldito. El Ecuador tiene vocación de relámpago
fosforescente. El centelleo de nuestra historia conduce a la
dirigencia política a actuar en el arrebato y pensar en lo
súbito. Parecería que estamos hechos para gobiernos de un mes.
Según los agoreros del desastre, el período de los presidentes
no debería pasar los 30 días. Ahora ni siquiera hemos esperado
los tradicionales 100 para levantar la sombra.
Han surgido voces similares a esas máquinas que fabrican gas
de vapor para relajar el escenario en donde actúa el coro.
Bajo el manto de esa neblina, los espectadores apenas logran
divisar ciertos rayos luminosos que intentan atravesar el
absurdo. Un país sin vocación a la estabilidad y a las
decisiones trascendentes espera el menor desliz para encender
la hoguera en donde se incinera la historia, y, por cierto, el
porvenir.
La primera tarea de un Gobierno es mantenerse en el poder,
sentencia sustancial aquí, en este aire tropical andino de
nuestra geografía. Verbo definitivo al momento de emprender en
cualquier acción gubernamental. Nada resulta más complejo que
fomentar, cultivar y concientizar una cultura de
gobernabilidad. En este ambiente de desorden se constituye,
francamente, complejo emprender en faenas de conducción sin el
contingente alentador de los gobernados, peor aún con ese ceño
fruncido de comportamiento anárquico que asumen ciertos
dirigentes, por la única razón de no ser gobierno; es
imposible asignar la responsabilidad de la gobernabilidad
exclusivamente al régimen y sus directores.
La decadencia que se aprecia en las instituciones de esta
supuesta democracia es evidente: los partidos políticos, el
parlamento, los organismos de control, la justicia y otras
expresiones de organización política han caído en un
lamentable descrédito y credibilidad. Se agotó el sistema,
además se politizó todo el contenido social que tiene la
comunidad. La más elemental decisión, de la más pequeña célula
de organización social tiene que atravesar por la política.
Es por la desorientada conducta de nuestros dirigentes
políticos que aparecen lúcidas, en medio de lo falsas que son,
las palabras del más orate de los ex presidentes vivos que
tiene el Ecuador. Me refiero al gobernante que estuvo en el
poder entre agosto de 1996 y febrero de 1997. El dice que no
pudo mantenerse en el poder porque no pactó con los grupos de
presión, dijo que para gobernar hay que pactar con las
oligarquías.
La compleja etapa que atraviesa el Ecuador exige, por lo menos
paciencia, pero fundamentalmente desprendimiento. No hay
derecho que quienes contribuyeron a que cese Bucaram no
aporten con sus mejores talentos a la gestión interina del
Gobierno. No tienen autoridad quienes no están dispuestos a
mojarse el poncho, en atención a la cercanía de las elecciones
y comiencen una ofensiva cruel pretendiendo desvalorizar la
acción del interinato. (DIARIO HOY) (P. 4-A)

