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Misa campal por el cumpleaños de Carlitos

Publicado el 23/Septiembre/2007 | 00:00

Carlos Manuel Cedeño Véliz nació el 23 de septiembre de 1995 en el cantón San Vicente, provincia de Manabí. Vivió con sus padres, Carlos (quién es ingeniero agrícola) y Tania, en una modesta villa del recinto conocido como La Fortuna, a unos 12 minutos del balneario de Canoa, en donde anualmente se reúnen deportistas nacionales y extranjeros para intercambiar conocimientos sobre el surf y el volley playero.

Estudió en los planteles educativos La Inmaculada y El Manglar (Manabí), en los que cultivó cientos de amistades gracias a su carisma y a su talento con el balón de fútbol.

Su padre y ex concejal de San Vicente, Carlos Cedeño Ayong, prefería que Carlitos se dedicara al estudio antes que al deporte. Sin embargo, decidió apoyarlo gracias a la influencia que ejercía su esposa y madre del menor, Cristina Ayong, hincha del Club Sport Emelec.


Pese a que Carlitos dedicaba mucho tiempo al fútbol, nunca descuidó los estudios y obtuvo el puesto de abanderado en la escuela fiscal El Manglar, en donde también jugó varios campeonatos escolares.

Cuando cumplió 10 años de edad, sus condiciones para el balompié se desarrollaron rápidamente por referencias de sus “ídolos”, los jugadores “eléctricos” Jorge Ladines, Guillermo Rivera y Luis Miguel Escalada, quien hoy juega para la Liga Universitaria de Quito.

De ahí, el entrenador Eduardo Triviño pulió al infante, quien acostumbraba viajar hasta Guayaquil para compartir los fines de semana con sus hermanos: Vanesa (18) y Julián (15), quienes vivían en la ciudadela Samanes 5 con la nana Mercedes y sus primos Jorge Eduardo, María Cristina, Luis Carlos y Jorge Luis Cedeño Cuéllar.

Entre trofeos y medallas, Triviño cuenta una de las tantas anécdotas que jamás se le olvidarán: “En agosto del año pasado, Carlitos ganó el campeonato interescolar cuando reforzó al plantel Jaime Roldós Aguilera, pese a que pertenecía a la escuela El Manglar. Él anotó el gol de la victoria y nos entregaron un pequeño trofeo que después lo exhibí en uno de los modulares de mi casa. Una tarde llegó desesperado y, entre súplicas, me pidió que le dé el objeto para llevárselo a Guayaquil. No obstante, luego de convencerlo por varias horas, el pequeño se conformó con recibir varias películas en DVD”.

Para 2006, Carlitos se enamoró de la urbe porteña y, para estar más cerca del club de sus amores, convenció a su padre para que lo inscriba en el colegio Teniente Hugo Ortiz, ubicado a pocas cuadras del domicilio de sus hermanos, quienes vivían con su tío Wilmer Cuéllar.

Su deseo se cristalizó en abril pasado y el infante sembró nuevas amistades en el octavo año de educación básica del plantel porteño.

“Llegó a Guayaquil en febrero, una vez que mis cuñados le matricularon en el colegio. El amor que le profesó al Emelec era tan grande como el cariño que tenía hacia sus padres, quienes lo consentían tanto”, dice Helen Cuéllar, tía política del menor.

Allí, Carlitos aprendió nuevas técnicas para el fútbol y se ganó el cariño de los docentes, en especial del rector del colegio, Geovanny Granda, quien lo recuerda como un “superhincha emelecista”, que en los ratos libres dibujaba escudos y camisetas del plantel porteño.

El domingo 16 de septiembre de 2007, Carlitos se despertó más temprano que de costumbre. Con más entusiasmo que en un día particular, cuando debía levantarse para ir al colegio, donde cursaba el octavo año de educación básica. Él prefirió quedarse en Guayaquil y no viajar a San Vicente para asistir al “clásico del astillero” y alentar su corazón azul.

Por la mañana el menor subió a la habitación de sus primos y, entre gritos de alegría, se zambulló en medio de los jóvenes. “Tenía que imprimir un deber en el cyber y me pidió de favor, casi rogando, que le prestara un flash memory”, recuerda su primo mayor, Jorge Cedeño.

Al regresar a su casa temporal en los Samanes, norte de la urbe, confesó picarescamente a Jorge que había olvidado el flash memory en el cyber. Entonces, corrió a rescatarlo y con una mueca de culpabilidad trató de borrar el enojo de su primo.

Antes del mediodía, chateó con su mejor amigo Diego, de 12 años de edad, para invitarlo al estadio.


Luego la impaciencia de Carlitos por ver a su equipo favorito le hizo tomar la delantera al resto de sus primos María Cristina, Carlos y Jorge Luis. Una vez en el punto de encuentro, la casa del tío Wilmer, fueron recogidos y transportados por Rodrigo Jayaf, propietario de la suite 02- 016-E.

Aquel espacio no fue suficiente para tanta emoción en los menores, pues solicitaron al dueño de la suite continua, la 02-017-E, les permita observar el partido desde ahí.

Desde la suite 02-016-E, los tíos y amigos de la familia veían a Carlitos mientras saltaba y coreaba su cántico favorito al mismo tiempo que la barra Boca del Pozo: “Muchas veces fui preso y muchas veces rompí la voz/ a Emelec lo llevo dentro del corazón/ por eso les digo a todos los que no entienden esta pasión/ que esta barra está loca y quiero ver al equipo campeón”.

Mientras “El Gato”, como sus compañeros lo llamaban, cantaba las últimas notas, los miembros de la barra Sur Oscura del Barcelona y la barra de Emelec se cruzaban bengalas.

Exactamente a las 15:55, una bengala perdida se incrustó en su cuerpo, a la altura del tórax. Mientras Jayaf intentaba quitarle el objeto, el lugar se llenó de una nube gris y rosada ajena a la multitud.

“La camiseta encendida rodó por el suelo y fue entonces cuando vi su carita quemada”, recuerda Jorge, quien con la ayuda del jefe del Cuerpo de Bomberos, Jaime Cucalón, sacó al menor al parqueadero del recinto para darle asistencia médica y conducirlo a una clínica privada de Guayaquil, donde se confirmó su fallecimiento por las graves heridas que causó el explosivo.

Al siguiente día, el cadáver del menor fue trasladado a su natal San Vicente, donde fue velado y sepultado a las 17:30 de ese mismo día. Fue enterrado con la camiseta azul del equipo de sus amores.
Este sepelio paralizó a todo San Vicente. La población dejó a un lado sus actividades diarias y acudieron al cementerio para despedir a Carlitos, quien se ganó fama por representar con altura a su cantón.

Ese día, el rector de su colegio, Geovanny Granda, envió a San Vicente una comisión de alumnos para que acompañe al féretro del ex estudiante y dispuso que dos psicólogas charlen con sus compañeros para que traten de superar la muerte repentina que se produjo en el estadio Monumental Isidro Romero, propiedad del Barcelona.

Mientras que en las instalaciones del plantel educativo los compañeros de “El Gato” colocaron una camiseta de Emelec en su asiento, ya que para ellos era la mejor manera de rendirle homenaje.

Helen Cuéllar, tía del menor, recuerda que los colores preferidos de Carlitos eran el azul y el plomo (tal y como se pinta la camiseta de Emelec). “Odiaba el color amarillo. Si la selección ecuatoriana de fútbol jugaba un partido internacional, prefería ponerse el equipo alterno (blanco o azul), antes que vestir la Tricolor”.

Para hoy, domingo 23 de septiembre, día en que “El Gato” cumpliría 12 años de edad, las autoridades del colegio militar y la familia Cedeño Véliz tienen previsto realizar una misa campal a las 08:00 en San Vicente en memoria del pequeño. A la ceremonia religiosa asistirán los mejores amigos, compañeros y familiares del menor. Además, los familiares entregarán al establecimiento educativo un regalo simbólico para que Carlitos sea recordado como el destacado cadete que fue.

Mientras que a sus compañeros de aula se les encargará como recuerdo la camiseta deportiva que el menor solía usar en los entrenamientos.

Por su parte, las agrupaciones juveniles denominadas Barrios de Paz Urbana, compuestas por ex miembros de pandillas de Guayaquil, y otros jóvenes de la ciudad, han organizado para hoy el primer campeonato de fútbol callejero en homenaje a Carlos Cedeño Véliz. El torneo se disputará en el mercado ubicado en las calles Huancavilca y Guaranda, desde las 18:00 hasta las 21:00.

Romina (12), una de las mejores amiga del menor, contó que se reunirán en el cementerio.

“Compraremos un gran arreglo floral y, después de rezar, vamos a sonreír y contar muchos chistes, porque Carlitos detestaba la tristeza”. (VKC/CHM/AM)


PUNTO DE VISTA

No puede repetirse

De Alfonso Laso Ayala, Director de Radio la Red

La muerte de un pequeño y feliz hincha, en un estadio de fútbol, no debe ser olvidada. Debe ser, al menos, el punto de partida para que todos los actores del balompié en nuestro país nos sentemos a debatir sobre los problemas de violencia que nos azotan. Nuestra reglamentación no contempla sanciones para un hecho así, sería inimaginable, aunque ahora ya no lo sea. El problema es que no contempla sanciones para otros hechos “menores” tampoco.

Debemos comenzar aceptando que, lastimosamente, nuestro balompié no está ajeno a los cambios de nuestro Ecuador en los últimos 20 años. Que la violencia cotidiana también nos ha alcanzado en los escenarios deportivos. Entonces, admitiendo que estamos enfermos, debemos trabajar en la cura.
Los dirigentes deportivos son quienes deben dar el primer paso y ese es aceptar que tenemos problemas. Deben reconocer que no estamos preparados para realizar, por ejemplo, “dobletes” con hinchadas que cambiaron mucho en estos años y que, lastimosamente, recogen a varios personajes violentos que no entienden que esto debería ser, como efectivamente fue, una fiesta familiar.

Necesitamos adoptar medidas de seguridad urgentes acompañadas de legislación deportiva y ciudadana acorde a la nueva realidad. Los dirigentes de nuestros clubes y, por supuesto, de la Federación Ecuatoriana de Fútbol, deben comenzar aceptando que hemos venido minimizando estos hechos repudiables.

¿Qué se debe hacer? Los clubes, en los estadios donde juegan, deben implementar medidas de seguridad para identificar, uno por uno, a los delincuentes. Cámaras en circuito cerrado, un mayor número de guardias de seguridad, requisas permanentes, terminar con las entradas de cortesía para estos “hinchas”, operativos trabajados con la Policía sobre la base de todas las experiencias anteriores, pero sin improvisar, con un manual actualizado permanentemente, serían buenos ejemplos. Se deben vender menos entradas que las que señala el aforo de los estadios en los partidos de alto riesgo. En suma se debe invertir en seguridad. Necesitamos sanciones drásticas y dramáticas como el jugar sin hinchada visitante o sin público llegado el caso, rebaja de puntos al equipo cuyos “simpatizantes” realicen actos violentos o, incluso, pérdidas de categoría. Estas sanciones se imponen incluso en países de la Comunidad Europea. En Argentina, los violentos deben presentarse en la comisaría de turno el día del partido so pena de ser encerrados por largo tiempo. Allá la Policía, cuando de seguridad se trata, no sugiere la hora de un partido, la impone.

Todos estamos en deuda con Carlos Cedeño, es que todos tenemos un soñador así en nuestra familia. Nuestro fútbol que ha sido el causante de muchísimas alegrías y de grandes reinvindicaciones del alma deportiva, esta vez, nos arrancó muchas lágrimas de dolor e impotencia. A partir de ahora, cada vez que pisemos un estadio vamos a tener que pensar en este pequeño que ya debe haber colgado sus banderas en las canchas de la eternidad para seguir alentando a su equipo y su selección, pero también pensaremos en lo que no debió pasar y en cómo vamos a impedir que se repita.

Hora GMT: // - 19:00 Fuente: Diario HOY Ciudad Quito







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