El Teatro Sucre parece un hormiguero. Los trescientos artistas -entre músicos, bailarines, actores y cantantes- que conforman el elenco que pondrá, desde este jueves, en escena la primera ópera ecuatoriana, Manuela y Bolívar, parecen estar por todas partes, desbordan el escenario, los vestuarios, invaden incluso el estacionamiento.
Desde un palco se puede ver la llegada de Diego Luzuriaga, el autor de Manuela y Bolívar. La gente se acerca para saludarlo, pero él tiene un destino fijo: va directo adonde está su hermano Camilo, que ha cedido buena parte del vestuario que usó para su película Mientras llega el día. Luego de un prolongado abrazo, continúa, por un momento desaparece, casi enseguida, abre la puerta del palco, se sienta y, entre el sonido del ensayo, responde las preguntas.
Luzuriaga es un hombre lleno de gestos, sus ojos, sus cejas... su mandíbula se mueve hasta que los dientes crujen. Tiene en sus manos la partitura de su ópera, la hojea, sonríe, basta un instante para percibir lo orgulloso que está de su obra, lo humilde, sin embargo, que puede ser en las respuestas. Es la primera vez que veo el montaje, contigo, con todos. Manuela combina música romántica, si tu quieres, del siglo XIX, pero además hay mucha música latinoamericana, una cueca, cuando llega Bolívar, luego bailan un aire típico, luego un merengue venezolano. He intentado poner lo que yo sé, porque yo vengo, también, de la música popular.
Es que Luzuriaga, luego de un paso por el Conservatorio Nacional, se da a conocer por su presencia en el Taller de Música. Mi primer amor fue la música popular. Formé parte del Taller de Música, desde el 78 al 83, junto a Ataulfo Tobar y Juan Moya, fue suficiente para crear en mí una formación que no se ha borrado.
Pero, luego, el músico viajará a Europa, a Norteamérica, y sus influencias se multiplicarán: Estudié en Francia, en los Estados Unidos, viví en Brasil. Entonces, después de tanto andar..., Luzuriaga se interrumpe, busca con sus ojos el escenario, regresa a la respuesta: Como dijo Neruda: Tanto viajar para llegar a Temuco. Yo también, después de haber dado tantas vueltas, para regresar a Quito, para estar aquí, de vuelta.
Porque aunque el músico ha hecho su vida en los Estados Unidos -donde reside con su esposa e hijos- nunca ha dejado de pensar en el Ecuador, de sentirse vinculado al país, hasta dedicarle su obra mayor a un tema nacional. Me parece increíble haber podido hacer este montaje. Uno debe tener sueños. Yo siempre había pensado en hacer una cosa grande. Cuando ya hice mis cantatas sobre Quito, me encontré con el personaje de Manuela y ahí dije, este es mi personaje, esta es mi ópera.
Cerca del escenario, Luzuriaga no puede evitar una cierta melancolía: Luego de estudiar, tuve que dedicarme a la vida de veras, luchar, componer, por suerte siempre he tenido encargos, por todo lado, Europa, Japón.
Ahora, el regreso al Ecuador es improbable, aunque visita el país continuamente, su situación familiar y profesional lo mantiene en los EEUU, en Filadelfia. Mi obra se alimenta de la nostalgia. A uno le hacen falta muchas cosas... La cultura se hace en la calle, con los gritos del periódico, las comidas... Esa es la cultura. Donde vivo no existe eso. Entonces yo tengo que imaginarme todo.
Diego Luzuriaga apenas se sostiene en su butaca. No quiere perder un minuto más del ensayo, termina de hablar, se abre paso hacia el escenario. (YM)
Ciudad Quito

