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Los partidos políticos

Publicado el 01/Mayo/2007 | 00:00

El desprestigio internacional de los partidos políticos es uno de los más grandes problemas de la democracia. Sin partidos robustos, ideológicos y responsables, el caudillismo de todo tipo tiene campo fértil. Los iluminados, siempre de corte populista, prosperan y se imponen como consecuencia de la falta de institucionalidad, que pasa por el ejercicio responsable y efectivo de la política, que no puede hacerse sin los canales adecuados para el efecto que son los partidos. Cuando estos no existen o se debilitan, es la improvisación la que manda, casi siempre acompañada de actos de corrupción que orientan la acción de los sujetos políticos, sean estos colectivos -los partidos- o individuales -las personas o los movimientos que se inventan cada vez que conviene-. Las personas -aisladas- y los movimientos coyunturales no responden, generalmente, a ideología alguna, y entonces es la improvisación, la buena voluntad o los intereses específicos, los que guían la acción del Estado. Sin desconocer los méritos que han hecho para desprestigiarse, la ola de críticas generalizadas, injustas y perniciosas, reflejadas y en muchos casos estimuladas por los medios de comunicación, que no hacen diferencias entre los distintos actores políticos y ponen en el mismo saco a los aventureros, frívolos, irresponsables y corruptos con quienes han ejercido la política con responsabilidad, austeridad, honradez y eficiencia, que sí los hay, han dado como resultado que nadie crea en nadie y que de tiempo en tiempo se presenten los iluminados que acaparan la frustración y esperanza de la gente, para terminar al poco tiempo en nuevos desencantos, porque las proclamas reivindicadoras no tienen posibilidad de canalizarse adecuada y orgánicamente al no existir los canales institucionales necesarios, que en democracia son los partidos políticos.

La solución para la lamentable situación política que vive el país, como consecuencia, entre otras cosas, de la debilidad y desprestigio de los partidos, no es empeñarse en terminar con ellos, sino emprender en una acción responsable y mancomunada para que corrijan sus errores, se fortalezcan, se institucionalicen y sean capaces de canalizar las diversas expresiones ideológicas del país. Para eso debe haber un examen de conciencia que hagan a fondo los propios partidos y sus directivos, que conduzca a su modernización y a prestar la importancia debida a los nuevos desafíos mundiales y a la incorporación del país en la nueva realidad de la ciencia y la tecnología, que conceda la importancia que tiene el tema ambiental, y que prepare a sus militantes y simpatizantes para que, con mística y responsabilidad, sean conscientes de que la política es deber y sacrificio.

Por eso es digno de relevarse el Congreso que reunió a la Izquierda Democrática en Ibarra en días pasados con amplia concurrencia y excelente discusión académica.

Ciudad Quito



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