Quito. 4 ago 98. (Editorial) Penas, sufrimientos, amarguras,
depresiones, violencias. Un cuadro complejo que se repite año
tras año al final del período lectivo: miles de chicas y
muchachos, de niñas y niños que se enfrentan a la pérdida de
su año escolar. Nunca, o casi nunca, se trata de una sorpresa,
sino de la crónica de un supuesto fracaso anunciado con
demasiada claridad para todos, aunque cada uno de los
implicados, la familia, el colegio, el estudiante, pongan cara
de asombro. No quiero referirme a aquellos casos en los que la
pérdida del año se debe a posiciones perversas de algún
profesor que se solaza con el sufrimiento ajeno y que califica
con centésimas los examenes de sus estudiantes universitarios
"para que aprendan a estudiar, para que sepan que conmigo no
se juega" y que, incapaz de entender que el saber no pasa por
un punto más o un punto menos y, peor aún por unas décimas,
utiliza el poder para humillar. Acabamos el siglo, y a lo
largo y ancho del sistema educativo, crece la mala hierba de
esta clase de profesores que, por supuesto, no entienden ni
palotes de lo que significa el aprendizaje y que todavía
idolatran la repetición de memoria de lo que no se entiende. Y
cuando temerosos, acongojados, con el alma en las manos, sus
estudiantes se acercan a pedirle ayuda, se elevan sobre la
miseria humana, como dioses, y contemplan la humillación como
un regalo a la vacuidad de su yo. Y desde el trono de su
ignominia pronuncian la sentencia, "yo no puedo regalar
puntos, no te preocupes, tranquila, el próximo semestre
aprenderá mejor".
Es fácil calificar de vagos y vagas a quienes manifiestan una
especie de crónico fracaso académico: malos estudiantes que,
en la primera, incluso llegan a ser diagnosticados de niñas o
niños con bajo coeficiente intelectual.
A través de cada uno de los actos académicos, el estudiante
realiza un acercamiento a su vida, se busca, se encuentra o se
aleja de sí, se acepta o se rechaza, se pregunta y se responde
sobre su historia.
Esta historia personal que le facilita o no, le legitima o no,
caminar hacia el conocimiento de la ciencia y del mundo. Esa
historia puede transformarse en un obstáculo e incluso en un
impedimento para el saber. Es decir, hay mujeres y varones
cuya vida se halla tan saturada de engaños, fracasos,
incomprensiones y abandonos que es mejor no saber nada de
nada. Se cierra, entonces, el camino a todo otro nuevo saber
que, de una u otra manera, podría evocar el saber sobre lo
personal, lo íntimo, tal vez lo inenarrable.
Se trata de procesos del todo inconscientes y que actúan de
manera permanente y, sobre todo, decisiva. Es fácil
observarlo en esos muchachos y chicas que, de la manera más
genuina, se proponen realizar todos los esfuerzos para
estudiar mejor. Lo consiguen con éxito por unos días
solamente. Y cuando la ilusión llegaba a todos, cuando unos
empezaban a convencerse de que ni eran tontos ni inútiles
sino, como siempre lo han dicho, apenas vagos, el esfuerzo se
agota como humo de paja. La despreocupación retorna y con más
fuerza que antes porque lo inconsciente no se deja engañar por
mucho tiempo ni se satisface con promesas o consejos. Para la
mayoría de los sujetos, resulta sumamente difícil cambiar de
escenario para la expresión de sus síntomas. Y esa dicha
vagancia no suele ser otra cosa que un magnífico escenario
para que el sujeto hable de su angustia a quienes ni le
escuchan ni le entienden. (DIARIO HOY) (P. 5-A)
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