Quito. 04.11.94. (Editorial) Decía en artículo precedente que lo
que se discute ahora sobre uni o bicameralidad tiene que ver
con las metodologías congresiles y con las formas, más que con
el fondo del asunto.
La médula del problema y despretigio legislativos radica en la
calidad de los diputados. Una larga experiencia en el país
demuestra que en el Parlamento siempre han habido integrantes de
escasa capacidad intelectual y cívica. Tal tal vez en los últimos
años lo que ha ocurrido es que ha aumentado de forma elocuente e
incontestable el número de personas que no justifican su
elección ya sea por su paupérrima formación científica, ya sea
por su escasa dedicación al trabajo y su nulo aporte a las
labores propias del Congreso, ya sea, si se quiere, hasta por sus
apariencias muy poco apropiadas para las altas metas que deben
cumplir.
Sin talento natural y sin los conocimientos, por lo menos
indispensables, ni los albañiles, abogados o guitarristas pueden
hacer bién sus tareas. Sin buena intención y sin firme de
decisión, nadie puede ir a ninguna parte. Sin abnegación y
sentido de solidaridad con el país y con el pueblo, nada se puede
lograr.
Esto es lo de fondo. ¿Pero por qué, de hecho, resultan elegidos
los menos aptos? En primer lugar, porque la gente no discrimina
inteligentemente al momento de consignar sus votos. Unos votan
por meras simpatías, otros por el impacto transitorio de factores
intrancendentes, otros por costumbre y un buen número por
despistado.
Pero, aunque el voto fuere muy razonado y conciente, al cuidadano
no le queda más alternativa que sufragar por las listas
preparadas por los partidos políticos. No hay alternativa.
Estamos determinados a escoger entre lo que nos presentan los
partidos y nada más.
Por tanto, la primerísima elección debería hacerse en el interior
de los partidos. Las cúpulas deberían meditar mucho antes de
definir las listas de candidatos, porque en sus manos está,
repito la primera selección que , según los resultados, es, en
mucho la selección final.
Hay quiénes escogen candidatos de entre sus más cercanos amigos
o de entre quiénes les " acolitan" los 365 días del año.
Otros buscan candidatos entre los económicamente poderosos,
aunque prediquen principios partidistas contrarios a la
plutocracia. Otros buscan desesperadamente entre sindicatos,
corporaciones, actividades deportivas, etc., para ver si así se
produce el ansiado fenómeno del arrastre. Hay quiénes hacen
encuestas para buscar a los más populares en cada provincia o
ciudad, pero desgraciadamente, no siempre la popularidad es
sinónimo de capacidad y eficiencia. Todo esto está mal. La
calidad está dada por la inteligencia y los conocimientos,
acompañados de indispensables principios éticos y cívicos. Como
se acerca inexorablemente la época de escoger candidaturas, bien
vale la pregunta ¿estarán los partidos dispuestos a hacer una
buena selección de sus listas? o lo que es lo mismo ¿ la
regeneración parlamentaria podrá arrancar alguna vez del
interior de los políticos? (4A)
Ciudad N/D

