La nueva encrucijada afgana

Publicado el 09/Febrero/2012 | 00:35

En el complejo escenario de ese país no se ha podido imponer un libreto político, ni de modo unilateral ni por la fuerza

Por: José Valencia
jvalencia@hoy.com.ec

Como consecuencia del 11-S y por los lazos de los fundamentalistas afganos con Al Qaida, una veintena de naciones lideradas por los Estados Unidos recibió en 2001 el aval del Consejo de Seguridad para combatir a los talibanes. No obstante que las operaciones militares se enmarquen en el derecho internacional, en la práctica, la guerra se libra como cualquier otra del pasado afgano: sin cuartel y sin salida a la vista.

Los factores étnicos, religiosos y regionales que históricamente han abonado los conflictos en Afganistán y de manera periódica se han visto crispados por manipulaciones extranjeras continúan arraigados en la multifacética configuración de su sociedad. Ello explica la beligerancia interminable y que un bando no pueda derrotar definitivamente a los demás.

Sucesivos intentos foráneos por controlar o pacificar el país -desde las campañas coloniales de Inglaterra a los juegos de poder de la Guerra Fría- fracasaron sin excepción. Los Regímenes sostenidos desde el extranjero resultaron efímeros y, a la larga, desembocaron en nuevas rondas de caos y conflicto. Anatol Lieven, al analizar reciente literatura especializada e informes oficiales de los Estados Unidos, advierte que la realidad actual se asemeja a la que experimentó la URSS a fines de los años ochenta, cuando Gorvachov empezó a retirar las tropas soviéticas.

Aunque el Gobierno de Najibullah sobrevivió luego de la salida del Ejército rojo y mientras contó con recursos de la URSS (entre 1989 y 1992, en medio de una guerra civil), nada asegura que Karzai pueda quedarse en el poder con el apoyo económico de los Estados Unidos pero sin el respaldo militar directo de la coalición.

La constatación histórica es evidente: en el complejo escenario afgano no se ha podido imponer un libreto político ni modo unilateral ni por la fuerza. Cuando un poder extranjero ha buscado "moldear" la realidad del país, sea estableciendo un dominio colonial británico o creando una cuasi república soviética, sus esfuerzos han terminado en el fracaso. Con relativamente pocos recursos se puede alentar una eficiente subversión que bloquee al adversario y le enganche en una guerra de desgaste.

Los Estados Unidos y los países que aún quedan en la coalición -Francia anunció en enero su retiro de Afganistán- parecen haber arribado a esas conclusiones y, por ello, estarían considerando una salida "ordenada" que contemple retirar sus fuerzas militares, dejar un gobierno sostenido por Occidente y concertar un acuerdo político con los talibanes que contemple garantías en materia de terrorismo. Lieven observa que la URSS tenía también una parecida "hoja de ruta", pero no pudo concretar el propósito del arreglo político.

Eran otros tiempos y, a diferencia de los mujahidines (apoyados entonces por Occidente), hoy existen incentivos para que los talibanes accedan a un acuerdo político porque carecen de apoyos externos y aún tienen muchos adversarios dentro de Afganistán. La apertura en Qatar de una oficina de contacto de los talibanes sugiere que éstos apostarían a buscar dicho entendimiento. Resta por saber si todos los actores involucrados tendrán esta vez en cuenta las lecciones de la historia, que muchas veces se leen pero no se quiere no se encuentra cómo llevarlas a la práctica.



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