Cuatro cuencanos forman parte del equipo multidisciplinario de Jefferson Pérez. Tres de ellos lo acompañan desde hace seis años, en promedio. Conocen al tricampeón en todos sus estados de ánimo y su manera de trabajar. Se sienten orgullosos de pertenecer a un equipo ganador, pero sobre todo, de formar un grupo de amigos que está al servicio de un grande del planeta
Recuerdo que eran dos chiquillos que ingresaron al estadio Serrano Aguilar y pidieron hablar con Luis Muñoz, que era el jefe de entrenadores de la Federación Deportiva del Azuay. Conversaron un poco y Luchito me llamó. Me dijo que les haga entrenar de todo un poco, saltos, lanzamientos de la pelota, carreras cortas. Si sabía que uno de ellos iba a ser un campeón olímpico y medallista mundial, habría anotado, cada día, hoja por hoja.
Así comienza el relato de Manuel Ortiz o Manuelito, como le dicen todos sus colegas entrenadores, sus amigos y ese ser para quien tiene un cariño especial, Jefferson Pérez.
Manuelito lo describe como un chico de delgada figura y no muy alto. Jefferson entonces tenía 13 años. Luego pasó a ser dirigido por Luis Muñoz hasta que decidió especializarse en la marcha con Luis Chocho. Pese a que no teníamos una relación técnico-atleta, nos seguíamos viendo.
Conocí a su familia y llegué a quererlo. Cambió de técnico, pasó a ser dirigido por Enrique Pérez. Le colaboré en muchas ocasiones. Cuando se quedó sin entrenador, hace siete u ocho años, Jefferson me llamó para que sea su asistente técnico. Desde entonces, trabajo con él en los entrenamientos y las competencias, detalla este cuencano de 47 años, que en sus años mozos también fue atleta.
Su tono de voz, algo pausado, lo denuncia como alguien bueno y transparente. Su figura media y su piel canela lo complementan. Manuelito es casi un padre. En Japón, luego de que Jefferson Pérez ganó la medalla de oro en los 20 km caminata del Mundial de Atletismo en Japón, se envolvió en una bandera tricolor porque le invadió de felicidad. Un periodista de la cadena internacional BBC de Londres, cuando lo entrevistó recibió una contestación que dio vuelta al mundo: Jefferson es el mejor ecuatoriano que tenemos en el país.
Manuelito se reafirma en esa frase. Es cierto, lo conozco desde chiquito. Es perseverante, trabajador, es muy constante en lo que hace. Y lo dice con mucho orgullo y afecto.
Ese afecto que lo hace estar con Jefferson los 365 días del año. Jefferson se entrena todos los días, haya lluvia o no. Nos llama al teléfono y siempre estamos listos para las prácticas. Solo en Viernes Santo descansa.
Manuelito también está para acompañarlo en esos momentos que no hay entrenamiento.
Reveló que en Turín, durante el mes que estuvieron entrenándose antes del Mundial, iban los dos a la iglesia. Solo los dos, se encaminaban cada domingo a dialogar con Dios, pues son devotos del Divino Niño.
Manuelito es también quien le cumple los pequeños antojos, esos que se da el tricampeón muy de vez en cuando. Le preparé un arroz con huevo, y otro día me pedía una sopita, como las de mamita.
Por eso le dolió que ni el cónsul ni el embajador del Ecuador en Japón hubieran saludado el triunfo de Jefferson en el Mundial. No fue nadie a verlo consagrarse campeón. Ese día, tras la victoria, Jeff fue a dormir y en la noche acudió al estadio para recibir la medalla de oro. Al salir, la Embajada de Italia le invitó a una cena por su victoria.
Sin embargo, él sigue cobijándose con la bandera tricolor. Ya tiene algunas en su colección, pues para cada competencia a la que acude con Jefferson lleva una nueva. Antes y después de la carrera la amarra sobre sus hombros.
Por ello también soportó los maltratos que recibió en EEUU cuando casi es deportado por el departamento de migración. Su personal no entendía que los sobres que llevaba eran material para la preparación de las bebidas hidratantes que le proporcionó a Pérez en el Mundial de Japón.
LA PSICÓLOGA
La armonía de cuerpo-mente-espíritu
Hace seis meses Catalina Figueroa se unió al equipo de Pérez. A Jeff le gustó el modo de trabajo de esta psicóloga deportiva, por eso le pidió que se uniera al equipo para potenciar su capacidad mental.
El trabajo estuvo centrado en el manejo de su fortaleza mental, aquella que le permite definir una carrera o presionar al rival para provocar la descalificación por una falta técnica.
Jefferson también demuestra fortaleza en el manejo de emociones y sensaciones, de las presiones que no faltan antes de la competencia. La misión fue armonizar cuerpo-mente-espíritu, dijo la especialista, que estuvo con Jeff en Cuenca, cuando todo su pueblo lo recibió como héroe.
Catalina destaca la disciplina de Jefferson para cumplir con todo el programa que se pautó: dos sesiones por semana para cumplir un trabajo de adiestramiento y aplicación de conciencia. Él sabe tomar una decisión en el momento oportuno, porque tiene la seguridad de que lo hará bien.
No viajó a Japón, pero miró por televisión la carrera. Luego, entró a la Internet y le envió sus felicitación; él, sus agradecimientos. (MCA)
EL AMIGO
Marco se declara un "adicto" a Jefferson Pérez
Marco Chango es el hermano que la vida le regaló a Jefferson Pérez. Se conocen desde niños por esos caprichos del destino. Sus padres fueron compañeros en el mercado 10 de Agosto, en el centro de Cuenca, pero desde 2001 es el responsable de cuidar la salud del mejor marchista del mundo.
Es complicado ser el médico de Jefferson, dice el galeno que, además, es entrenador y cinturón negro de taekwondo. Pero su respuesta tiene una réplica inmediata: Pero estamos trabajando con el mejor del mundo.
Se complica porque ese Jefferson personal e íntegro no se permite perder. Él no se perdona aunque el resto no lo juzgue porque lo dio todo y no tuvo una retribución similar. El equipo de profesionales que lo asiste entonces debe entender su miedo, su desilusión, el dolor de su caída. Ahí estamos nosotros para apoyarle, para darle algunas recomendaciones, dice Marco.
El amigo y el profesional se fusionan en esta relación médico-atleta. A Jefferson le encanta que, cuando está compitiendo, Marco dé vueltas por el circuito y le anime, le informe qué hace el resto o le lance una dardo al orgullo. Vamos, peleador callejero, le dijo durante la competencia en el Mundial de Japón. Sí, peleador callejero, pues en el mercado muchas veces Jefferson pegó y le pegaron unos cuantos golpes cuando era niño. Cuando se es pobre, se vive el día a día. Y para sobrevivir, había que pegar, dice Marco.
Entonces Jeff recuerda esos momentos amargos, cuando el más fuerte era el triunfador, y aplica la dosis, porque hoy, a sus 33 años, es el mejor en el asfalto y en la pista cuando de marchar se trata.
El médico dice que a Jefferson hay que cuidarle en sus comidas, pues tiene un problema digestivo: le hace daño la naranja por la gastritis que sufre, y evita las grasas y las frituras.
Pero el amigo revela que juntos cumplirán la promesas que se hicieron antes de viajar a Japón. Es la misma que hacían cuando eran muchachos y se encontraban en el mercado: comer un plato de papas locas. Esas que prepara doña Luisa en el mercado 10 de Agosto.
Esta vez sí evitarán aquel cebiche de balde, que les provocó comer al salir de un entrenamiento y que le desencadenó una intoxicación a Jefferson que lo llevó a la clínica por una semana antes de ir a Japón.
Son niños y son adultos, pues a la hora de discutir, discuten. A veces tengo que pararlo, porque exagera; otras le exijo, porque sé que puede dar más.
Es una relación en negro y blanco. Marco tiene una frase para definirla: Soy adicto a Jefferson Pérez. El deporte es mi vida y me gusta lo que hago a su lado. Después de cada viaje, siento que envejezco por todo lo que se sufre, pero tres días después del regreso ya estamos listos para empezar de nuevo.
EL COMPADRE
Un trabajo científico para alcanzar la perfección
Marcelo Avilés dice que está en el equipo para prevenirlas lesiones, no para curarlas. Sin embargo, este fisioterapista de 49 años conoció a Jefferson en 1993, cuando se fracturó la clavícula.
Llegó al gimnasio a buscar ayuda. Quería compensar la inactividad que le provocaba la lesión con sesiones de pesas. El asesoramiento agradó a Jefferson quien, una vez recuperado, se mantuvo en contacto con Marcelo porque se dio cuenta de cuán importante es el trabajo físico y muscular para la práctica de la marcha. Desde entonces ambos se exigen uno al otro. El atleta, pidiendo explicaciones de cada tarea demandada; y el fisioterapista, cada día estudiando e investigando más sobre la biomecánica y la fisiología del deporte.
Jefferson es un perfeccionista que nos obliga a prepararnos. Todo lo que hace debe tener una explicación científica. Pero es la garra y el coraje de Jefferson los que marcan la diferencia.
Quisiéramos contar con mejor tecnología, pero no se puede. Los otros marchistas cuentan con un equipo de 12 ó 15 personas, varios de ellos especialistas en la fisiología del deporte. Tienen el respaldo de un laboratorio de alta tecnología, que en el país no existe.
Marcelo dice que Jeff acepta esas cargas físicas extras con tal de cumplir con su programa de entrenamiento. Pero lo que más le llama la atención es el conocimiento que tiene Pérez de su cuerpo. Él sabe hasta cuánto resiste, cuántas horas de sueño requiere para compensar el desgaste y cuándo es momento de practicar. Él es su propio fisiólogo.
Por su admiración y cariño por Jefferson, le pidió que fuera padrino de su segundo hijo, Kevin, de 14 años. Porque sobre todo somos amigos y nos llevamos muy bien. (MCA)
LA CASERA
Un plato de "papas locas" para cumplir la promesa tras retornar del Mundial
Doña Luisa, en el puesto de las "papas locas" en el mercado 10 de Agosto de Cuenca
Luisa Sacaquirín atiende un puesto de comidas Jefferson Pérez, tricampeón en los Mundiales de Atletismo
En el patio de comidas del mercado 10 de Agosto, en Cuenca, atiende doña Luisa Sacaquirín, la casera de Jefferson Pérez. En la paila grande de acero hierven las papas cocinadas, el cuero y otros componentes de la cabeza del cerdo. Todo muy bien sazonadito en salsa de maní.
Hace tres meses fue la última vez que vino el Jerson (Jefferson). Sí, viene de vez en cuando, porque no ha cambiado, sigue humilde, dice doña Luisa mientras atiende a una comensal.
La venta es buena, son varios los clientes a los que satisface la porción de ¢50. Yo le digo Jerson porque el nombre verdadero es muy largo. Era amigo de mi hijo Rodrigo cuando la mamá tenía el puesto en el mercado. De pequeño vendía el periódico. También le acompañaba a la mamá hasta la casa. Le agarraba del brazo y juntitos se iban caminando, recuerda la tímida señora que pedía conversar pero no ser fotografiada.
Más tarde, cuando entró en confianza, permitió que la cámara plasmara su imagen.
Relata que Jefferson llega acompañado de sus amigos, es decir, los miembros del cuerpo técnico y médico del equipo. A veces con gorra, para que no le reconozcan.
En la planta baja, en cambio, Matilde Baculima recuerda al pequeño Jefferson como un niño delgado, blanquito. A veces la mamá le hacía parar en una butaca para que pudiera vender las verduras y la yuca, dice.
Jefferson no esconde en ningún momento su origen. Lo dice con orgullo. Me crié en la calle pero me gradué en las universidades. (MCA)
Recuerdo que eran dos chiquillos que ingresaron al estadio Serrano Aguilar y pidieron hablar con Luis Muñoz, que era el jefe de entrenadores de la Federación Deportiva del Azuay. Conversaron un poco y Luchito me llamó. Me dijo que les haga entrenar de todo un poco, saltos, lanzamientos de la pelota, carreras cortas. Si sabía que uno de ellos iba a ser un campeón olímpico y medallista mundial, habría anotado, cada día, hoja por hoja.
Así comienza el relato de Manuel Ortiz o Manuelito, como le dicen todos sus colegas entrenadores, sus amigos y ese ser para quien tiene un cariño especial, Jefferson Pérez.
Manuelito lo describe como un chico de delgada figura y no muy alto. Jefferson entonces tenía 13 años. Luego pasó a ser dirigido por Luis Muñoz hasta que decidió especializarse en la marcha con Luis Chocho. Pese a que no teníamos una relación técnico-atleta, nos seguíamos viendo.
Conocí a su familia y llegué a quererlo. Cambió de técnico, pasó a ser dirigido por Enrique Pérez. Le colaboré en muchas ocasiones. Cuando se quedó sin entrenador, hace siete u ocho años, Jefferson me llamó para que sea su asistente técnico. Desde entonces, trabajo con él en los entrenamientos y las competencias, detalla este cuencano de 47 años, que en sus años mozos también fue atleta.
Su tono de voz, algo pausado, lo denuncia como alguien bueno y transparente. Su figura media y su piel canela lo complementan. Manuelito es casi un padre. En Japón, luego de que Jefferson Pérez ganó la medalla de oro en los 20 km caminata del Mundial de Atletismo en Japón, se envolvió en una bandera tricolor porque le invadió de felicidad. Un periodista de la cadena internacional BBC de Londres, cuando lo entrevistó recibió una contestación que dio vuelta al mundo: Jefferson es el mejor ecuatoriano que tenemos en el país.
Manuelito se reafirma en esa frase. Es cierto, lo conozco desde chiquito. Es perseverante, trabajador, es muy constante en lo que hace. Y lo dice con mucho orgullo y afecto.
Ese afecto que lo hace estar con Jefferson los 365 días del año. Jefferson se entrena todos los días, haya lluvia o no. Nos llama al teléfono y siempre estamos listos para las prácticas. Solo en Viernes Santo descansa.
Manuelito también está para acompañarlo en esos momentos que no hay entrenamiento.
Reveló que en Turín, durante el mes que estuvieron entrenándose antes del Mundial, iban los dos a la iglesia. Solo los dos, se encaminaban cada domingo a dialogar con Dios, pues son devotos del Divino Niño.
Manuelito es también quien le cumple los pequeños antojos, esos que se da el tricampeón muy de vez en cuando. Le preparé un arroz con huevo, y otro día me pedía una sopita, como las de mamita.
Por eso le dolió que ni el cónsul ni el embajador del Ecuador en Japón hubieran saludado el triunfo de Jefferson en el Mundial. No fue nadie a verlo consagrarse campeón. Ese día, tras la victoria, Jeff fue a dormir y en la noche acudió al estadio para recibir la medalla de oro. Al salir, la Embajada de Italia le invitó a una cena por su victoria.
Sin embargo, él sigue cobijándose con la bandera tricolor. Ya tiene algunas en su colección, pues para cada competencia a la que acude con Jefferson lleva una nueva. Antes y después de la carrera la amarra sobre sus hombros.
Por ello también soportó los maltratos que recibió en EEUU cuando casi es deportado por el departamento de migración. Su personal no entendía que los sobres que llevaba eran material para la preparación de las bebidas hidratantes que le proporcionó a Pérez en el Mundial de Japón.
LA PSICÓLOGA
La armonía de cuerpo-mente-espíritu
Hace seis meses Catalina Figueroa se unió al equipo de Pérez. A Jeff le gustó el modo de trabajo de esta psicóloga deportiva, por eso le pidió que se uniera al equipo para potenciar su capacidad mental.
El trabajo estuvo centrado en el manejo de su fortaleza mental, aquella que le permite definir una carrera o presionar al rival para provocar la descalificación por una falta técnica.
Jefferson también demuestra fortaleza en el manejo de emociones y sensaciones, de las presiones que no faltan antes de la competencia. La misión fue armonizar cuerpo-mente-espíritu, dijo la especialista, que estuvo con Jeff en Cuenca, cuando todo su pueblo lo recibió como héroe.
Catalina destaca la disciplina de Jefferson para cumplir con todo el programa que se pautó: dos sesiones por semana para cumplir un trabajo de adiestramiento y aplicación de conciencia. Él sabe tomar una decisión en el momento oportuno, porque tiene la seguridad de que lo hará bien.
No viajó a Japón, pero miró por televisión la carrera. Luego, entró a la Internet y le envió sus felicitación; él, sus agradecimientos. (MCA)
EL AMIGO
Marco se declara un "adicto" a Jefferson Pérez
Marco Chango es el hermano que la vida le regaló a Jefferson Pérez. Se conocen desde niños por esos caprichos del destino. Sus padres fueron compañeros en el mercado 10 de Agosto, en el centro de Cuenca, pero desde 2001 es el responsable de cuidar la salud del mejor marchista del mundo.
Es complicado ser el médico de Jefferson, dice el galeno que, además, es entrenador y cinturón negro de taekwondo. Pero su respuesta tiene una réplica inmediata: Pero estamos trabajando con el mejor del mundo.
Se complica porque ese Jefferson personal e íntegro no se permite perder. Él no se perdona aunque el resto no lo juzgue porque lo dio todo y no tuvo una retribución similar. El equipo de profesionales que lo asiste entonces debe entender su miedo, su desilusión, el dolor de su caída. Ahí estamos nosotros para apoyarle, para darle algunas recomendaciones, dice Marco.
El amigo y el profesional se fusionan en esta relación médico-atleta. A Jefferson le encanta que, cuando está compitiendo, Marco dé vueltas por el circuito y le anime, le informe qué hace el resto o le lance una dardo al orgullo. Vamos, peleador callejero, le dijo durante la competencia en el Mundial de Japón. Sí, peleador callejero, pues en el mercado muchas veces Jefferson pegó y le pegaron unos cuantos golpes cuando era niño. Cuando se es pobre, se vive el día a día. Y para sobrevivir, había que pegar, dice Marco.
Entonces Jeff recuerda esos momentos amargos, cuando el más fuerte era el triunfador, y aplica la dosis, porque hoy, a sus 33 años, es el mejor en el asfalto y en la pista cuando de marchar se trata.
El médico dice que a Jefferson hay que cuidarle en sus comidas, pues tiene un problema digestivo: le hace daño la naranja por la gastritis que sufre, y evita las grasas y las frituras.
Pero el amigo revela que juntos cumplirán la promesas que se hicieron antes de viajar a Japón. Es la misma que hacían cuando eran muchachos y se encontraban en el mercado: comer un plato de papas locas. Esas que prepara doña Luisa en el mercado 10 de Agosto.
Esta vez sí evitarán aquel cebiche de balde, que les provocó comer al salir de un entrenamiento y que le desencadenó una intoxicación a Jefferson que lo llevó a la clínica por una semana antes de ir a Japón.
Son niños y son adultos, pues a la hora de discutir, discuten. A veces tengo que pararlo, porque exagera; otras le exijo, porque sé que puede dar más.
Es una relación en negro y blanco. Marco tiene una frase para definirla: Soy adicto a Jefferson Pérez. El deporte es mi vida y me gusta lo que hago a su lado. Después de cada viaje, siento que envejezco por todo lo que se sufre, pero tres días después del regreso ya estamos listos para empezar de nuevo.
EL COMPADRE
Un trabajo científico para alcanzar la perfección
Marcelo Avilés dice que está en el equipo para prevenirlas lesiones, no para curarlas. Sin embargo, este fisioterapista de 49 años conoció a Jefferson en 1993, cuando se fracturó la clavícula.
Llegó al gimnasio a buscar ayuda. Quería compensar la inactividad que le provocaba la lesión con sesiones de pesas. El asesoramiento agradó a Jefferson quien, una vez recuperado, se mantuvo en contacto con Marcelo porque se dio cuenta de cuán importante es el trabajo físico y muscular para la práctica de la marcha. Desde entonces ambos se exigen uno al otro. El atleta, pidiendo explicaciones de cada tarea demandada; y el fisioterapista, cada día estudiando e investigando más sobre la biomecánica y la fisiología del deporte.
Jefferson es un perfeccionista que nos obliga a prepararnos. Todo lo que hace debe tener una explicación científica. Pero es la garra y el coraje de Jefferson los que marcan la diferencia.
Quisiéramos contar con mejor tecnología, pero no se puede. Los otros marchistas cuentan con un equipo de 12 ó 15 personas, varios de ellos especialistas en la fisiología del deporte. Tienen el respaldo de un laboratorio de alta tecnología, que en el país no existe.
Marcelo dice que Jeff acepta esas cargas físicas extras con tal de cumplir con su programa de entrenamiento. Pero lo que más le llama la atención es el conocimiento que tiene Pérez de su cuerpo. Él sabe hasta cuánto resiste, cuántas horas de sueño requiere para compensar el desgaste y cuándo es momento de practicar. Él es su propio fisiólogo.
Por su admiración y cariño por Jefferson, le pidió que fuera padrino de su segundo hijo, Kevin, de 14 años. Porque sobre todo somos amigos y nos llevamos muy bien. (MCA)
LA CASERA
Un plato de "papas locas" para cumplir la promesa tras retornar del Mundial
Doña Luisa, en el puesto de las "papas locas" en el mercado 10 de Agosto de Cuenca
Luisa Sacaquirín atiende un puesto de comidas Jefferson Pérez, tricampeón en los Mundiales de Atletismo
En el patio de comidas del mercado 10 de Agosto, en Cuenca, atiende doña Luisa Sacaquirín, la casera de Jefferson Pérez. En la paila grande de acero hierven las papas cocinadas, el cuero y otros componentes de la cabeza del cerdo. Todo muy bien sazonadito en salsa de maní.
Hace tres meses fue la última vez que vino el Jerson (Jefferson). Sí, viene de vez en cuando, porque no ha cambiado, sigue humilde, dice doña Luisa mientras atiende a una comensal.
La venta es buena, son varios los clientes a los que satisface la porción de ¢50. Yo le digo Jerson porque el nombre verdadero es muy largo. Era amigo de mi hijo Rodrigo cuando la mamá tenía el puesto en el mercado. De pequeño vendía el periódico. También le acompañaba a la mamá hasta la casa. Le agarraba del brazo y juntitos se iban caminando, recuerda la tímida señora que pedía conversar pero no ser fotografiada.
Más tarde, cuando entró en confianza, permitió que la cámara plasmara su imagen.
Relata que Jefferson llega acompañado de sus amigos, es decir, los miembros del cuerpo técnico y médico del equipo. A veces con gorra, para que no le reconozcan.
En la planta baja, en cambio, Matilde Baculima recuerda al pequeño Jefferson como un niño delgado, blanquito. A veces la mamá le hacía parar en una butaca para que pudiera vender las verduras y la yuca, dice.
Jefferson no esconde en ningún momento su origen. Lo dice con orgullo. Me crié en la calle pero me gradué en las universidades. (MCA)
Hora GMT: 09/Septiembre/2007 - 05:00 Fuente: Diario HOY Ciudad Quito

