Quito. 4 jun 99. (Editorial) A las enormes preocupaciones
que día a día nos agobian, se suma la desesperación que, en
forma creciente, sentimos algunos ciudadanos para lograr que
cambie, aunque en pequeño porcentaje, la actitud negativa de
la inmensa cantidad de voceros, opinadores, especialistas,
analistas, políticos, comentaristas, politiqueros y
periodistas de barricada.
Hay naturalmente variadas excepciones; pero para comprender la
crisis y encontrar las herramientas para capearla, el supuesto
liderazgo del país se encuentra inmerso en una suerte de
pesimismo colectivo que impide ver algún camino de salida. Y
si esto sucede entre las élites de todo tipo, resulta
imposible esperar que la ciudadanía pueda intervenir con sus
líderes en su propio rescate y, por consiguiente, en la
salvación del país.
El Gobierno no aporta casi nada para superar este extravío
social. A las sesudas explicaciones didácticas sobre las
soluciones que plantea, se suma una cierta incapacidad para
hacer que sus propuestas sean compartidas por los grupos
sociales como válidas, creíbles y de buena fe. Al presidente
se le reclama la falta de protagonismo de sus ministros, la
ausencia de reuniones de Gabinete, el vacío de acciones
concretas frente a los problemas nacionales inmediatos. Se le
reclama, además, propuestas urgentes para problemas en los que
no tiene siquiera responsabilidad, o no le competen. En
resumen, se ha profundizado mucho más la idea de que el
presidente es el causante de lo que sucede y, por tanto, el
responsable de solucionar todo cuanto debe arreglarse. Ni los
líderes ni los ciudadanos tienen responsabilidad alguna en su
propia redención.
Los políticos, por su lado, han madrugado en sus campañas,
basadas en la explotación de los problemas que el régimen no
logra arreglar. Y a esta acción concertada de políticos
activos, o con sueños de activarse, se suma la crítica
destructora de aquellos reflexivos analistas y pensadores del
desastre, los programas de crónica roja y negra de la
televisión, a los que recientemente se ha agregado también
aquel protagonizado en todos los noticieros de los jueves por
el alcalde líder de Guayaquil .
En la vida privada, cuando una persona decide emprender un
sueño o empresa, analiza con frialdad, y casi diría con
pesimismo, las diversas opciones para lograr sus fines y
triunfar en su propósito. En la vida pública, la que más
interesa por su relación con la comunidad, parece que el
ecuatoriano promedio se ha convertido en un ser negativo que
solo mira sus limitaciones, no para superarlas sino para
regodearse en ellas y justificar su incapacidad de salir
adelante. Esta es la maligna comodidad que hemos
desarrollado, y posiblemente una de las razones principales
para no ver lo bueno en las propuestas que no necesariamente
comprendemos.
La duda existencial, llevada al extremo: ¿Es culpa de la
población este devaneo? ¿O es básicamente el producto de la
acción negativa de un liderazgo confundido entre la defensa de
los propios privilegios, la incapacidad para enfrentar los
problemas con la fe y la confianza en que venceremos la
adversidad y el miedo (el terror, diría yo) al cambio?
Parecería que lo que más tememos los ecuatorianos es caer en
cuenta que estamos ya mucho tiempo equivocados y empieza a
gustarnos esta cobarde situación. (DIARIO HOY) (P. 4-A)
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