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Hernán Malo y la universidad

Publicado el 09/Septiembre/2003 | 00:00

A los veinte años de su fallecimiento, las reflexiones de Hernán Malo sobre la universidad ecuatoriana, que le asignan sin duda alguna un lugar privilegiado en el pensamiento nacional, siguen teniendo una indiscutible actualidad y deben servir para entender y orientar el papel que a esta institución le corresponde cumplir en la sociedad contemporánea.
Hernán parte de la confrontación de dos conceptos con los cuales se ha calificado a la universidad. Por un lado se le ha visto como una ‘institución perversa’; por otro lado, se la considera como ‘la sede de la razón’.
La primera expresión, acusadora, peyorativa, es la que se deduce de la opinión mantenida a lo largo de la historia por ciertos sectores, especialmente políticos, que han culpado reiteradamente a la universidad de todos los males nacionales y que la consideran, por tanto, el arquetipo de la perversidad ecuatoriana.
Frente a esta opinión, Hernán Malo reivindica para la universidad el calificarla como la sede de la razón; es decir, ‘la gran intérprete del mundo y del hombre a la luz de la inteligencia, la buscadora de las explicaciones radicales (en el rico sentido etimológico de ir a la raíz); todo ello en un clima de autonomía del pensar’.
Pero para llegar a este punto, para que la universidad merezca tal denominación, hace falta un proceso interno que no es sencillo, pues debe someterse a varias exigencias. Una de ellas es el compromiso ineludible con la verdad, la cual debe ser defendida incluso con actitudes heroicas, si ese fuere el caso. Otra de las exigencias es ser esencialmente crítica, postura que debe comenzar dentro de sí misma, revisando constantemente sus objetivos, sus métodos, sus logros; y sin esconder tampoco sus debilidades y fracasos.
Y si la universidad es auténticamente la sede de la razón, no existe motivo alguno para negar la actividad política dentro de ella. Lo que no puede hacer es utilizar a la seudopolítica para ocultar o justificar su mediocridad. ‘Una universidad no política es a la postre una universidad no comprometida con la sociedad y, al ser tal, una universidad cercenada y carente de sentido para el hombre’.
Es probable que en los años que han transcurrido desde que Hernán Malo escribió estas palabras (se vivían los últimos momentos de la última dictadura), varios hechos positivos nos llevan a concluir que la universidad ecuatoriana sí ha realizado un importante trabajo de autodepuración, que nos permite ahora ser más optimistas. Quedan sin embargo muchas cosas por hacer y han aparecido nuevos alarmantes factores (por ejemplo, la multiplicación de centros de estudios, cuya vocación académica es, por decir lo menos, discutible; o la utilización, a veces inescrupulosa, de innovadores pero peligrosos recursos tecnológicos), que le obligan a la universidad a permanecer siempre vigilante sobre lo que ocurre en su entorno.
En todo caso, las reflexiones de Hernán seguirán siendo un referente iluminador sobre una institución que, definitivamente, le marca el rumbo al país.

Ciudad Quito



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