Michel Foucault, en El combate de la castidad (1999), demuestra cómo el abad Casiano, ideólogo de la vida monástica a comienzos de la Edad Media, completa el cuadro de los ocho espíritus del mal mediante reagrupamientos internos. Casiano establece parejas de vicios que entre sí mantienen alianzas: soberbia y vanagloria, pereza y acidia, avaricia e ira, lujuria y gula. Los dos últimos son vicios naturales, por lo que es difícil deshacerse de ellos, ya que están íntimamente relacionados con necesidades del cuerpo. La fornicación tiene, con respecto a los otros vicios, cierto privilegio ontológico, que le confiere una importancia ascética particular. Tiene, en efecto, como la gula, sus raíces en el cuerpo. Imposible vencerla sin someterse a maceraciones y ayunos, mientras que la cólera o la tristeza se combaten únicamente mediante la industria del alma. Estas breves reflexiones podrían explicar por qué el Catolicismo postridentino catalogó a la lujuria como una de las perversiones que debían ser más atacadas en la doctrina y predicación y la preferencia que se daba a la santidad del martirio (testimonio) por defender la castidad.
Gracias a la visión edificante de sus Cartas Annuas, los jesuitas quiteños del siglo XVII mencionan muchos ejemplos de virtud, especialmente entre los cristianos nuevos indígenas. Además del asesinato de una doncella indígena a manos de su pretendiente, un joven a cuio empeño acompañaua mucho caudal en la hazienda, se refiere el caso de una mujer indígena sola, solicitada por un indio, a quien contestó con resolución: Ahorcame y matame que no tengo de peccar. Otra mujer se encontraba acongojada porque había hablado con mucha libertad a un sacerdote que le había solicitado a pecar. Muchas otras despreciaron dádivas, no se dejaron persuadir por razones, ni se acobardaron ante las amenazas. Por otro lado, según la Carta Annua de 1610, un monasterio de monjas, en Quito, estaba tan relajado que a las que acudían al coro las tenían por hipócritas, y a quienes iban al locutorio por discretas. A petición del obispo acudió un sacerdote a darles pláticas y confesar, con lo que las monjas se reformaron, acudían al coro, hacían penitencias y observaban el ayuno cuaresmal.
También a inicios del siglo XVII salió de Quito el P. Ferrer, para predicar la Cuaresma en Popayán y Cali. Un suceso, se dice, demuestra la miseria de la tierra. Cuenta el misionero que un vezino principal de esta ciudad a tenido años ha encerradas muchas indias, con las quales el y su hermano y sobrinos estaba mal amistados, teniendoles debaxo de llave, y tan guardadas, que estaban con su portero, y a esta casa llamaban el monasterio del demonio; mas fue el Señor servido, que este año se despoblasse tan pestilencial habitación. Estas y otras historias demuestran cómo el Quito secreto estaba entre Dios y el demonio: situación que no ha cambiado, aunque hoy otros son los dioses y otros los demonios.
Ciudad Quito

