El presidente y los pelagatos

Publicado el 26/Marzo/2012 | 00:12

Análisis de HOY

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En su cadena del último sábado, el presidente de la República negó de modo categórico haberse referido a la marcha indígena como una acción protagonizada por cuatro pelagatos. Según el presidente, fue la prensa opositora la que le atribuyó esa expresión. Aún más, sostuvo que él nunca utiliza la palabra pelagato precisamente por su contenido despectivo. La postura del presidente tenía dos objetivos: por un lado, insistir -una vez más- lo mentirosa que es la prensa independiente ecuatoriana; y, por otro, y esto es más importante, negar una supuesta descalificación suya a la marcha, como habría implicado referirse a ella como una acción de cuatro pelagatos.

Pareció excesivo e infructuoso el tiempo destinado a este tema en la sabatina porque toda la impresionante andanada de descalificaciones lanzadas por el gobierno a través de la propia voz presidencial, de los ministros y de la abusiva campaña racista a través de los medios de comunicación en contra de los indígenas, representa mucho más que la mera expresión pelagatos. ¿Qué importancia tiene lo de pelagatos cuando el Gobierno ha usado imágenes racistas para sembrar miedo y desconfianza hacia los indígenas, para presentarlos como una suerte de bárbaros que caminan hacia la capital con el fin salvaje de provocar un golpe de Estado? Demasiado infantil la actitud del presidente para salvar su propia imagen cuando él se encargó de dañarla con su actitud tan prepotente hacia la marcha. ¡Cuántas otras expresiones de desprecio hacia los marchistas tuvo el presidente en los ocho tarimazos del jueves! ¡Cuántas veces repitió que se trataba de un nuevo fracaso, que el gobierno había logrado otro triunfo contundente, que ellos –los revolucionarios- son millones más que los otros, que los indígenas vienen financiados por las oligarquías, que son unos cuantos ponchos y unas cuantas plumas! Tantas expresiones de desprecio y burla juntas hace de su emperro con lo de pelagatos una cruel ironía; cruel e irónico frente al propio exceso de sus palabras, a su incontinencia discursiva, a su interminable deseo de solo vencer, de mostrarse imbatible, dueño de la voluntad popular. En medio de todo ese alarde retórico, enfrascarse en una nueva polémica sobre si utilizó o no la palabra pelagatos resultó absurdo.

Pero el absurdo constituye un síntoma revelador de otro problema: un miedo frente a sus propias palabras, un miedo frente a lo expresado, un temor frente a sus excesos, un temor por tanta barbaridad dicha frente a una marcha tan digna y con tanta potencialidad política.

 

Ciudad Quito



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