¿Son confiables los Gobiernos y las clases dirigentes de un país que debe gran parte de su desarrollo a la industria de la muerte?
Omar Ospina García
oospina@hoy.com.ec
Me refería hace ocho días al criminal de guerra Joseph Kony, autor de supuestas matanzas en Uganda desde hace 25 años y a quien un video de YouTube conmina a mostrarlo, señalarlo, detenerlo y juzgarlo. Lo cual es legítimo. Los criminales de guerra -todos los criminales de guerra, no solo los africanos o los serbios o los de los países comunistas de Europa Oriental o del Extremo Oriente- deberían ser perseguidos, identificados, juzgados y condenados por sus crímenes.
Sin embargo, vi de nuevo el video. Algo parecía sospechoso. Por naturaleza, desconfío de los consensos. Me gustan las mayorías que se conforman en el debate y la discusión y en las que hay ganadores y perdedores. Pero cuando hay unanimidades, algo me huele a podrido. Y hay en esa iniciativa de la ONG Niños Invisibles, mucha unanimidad como para que sea confiable. Parece un tinglado muy bien armado y con propósitos no solamente indigeribles, sino perversos.
La Fundación Niños Invisibles es una organización fundada por un individuo que no aparece en el video, aunque sí su nombre: Jason Rusell. Una buena obra de un gringo bueno, a primera vista. Pero ¿cómo así ahora, 25 años después de que Kony se pasea por el centro del África asesinando gente, reclutando y esclavizando menores como soldados infantiles para sus huestes genocidas? ¿No lo sabían? Y ¿cómo así el señor Obama accede a la unánime petición de perseguir al malvado, a las primeras de cambio y sin tomar en cuenta a las NNUU ni a la Unión Africana y ni siquiera a su propio Congreso? ¿Sigue la Política de Seguridad Nacional con sus desafueros?
Hay más que motivos para sospechar. Hay evidencias. Cuando un Gobierno de los EE UU persigue a un malvado, hay que desconfiar no solo de los métodos, sino de las intenciones. Los nombres de Noriega, viejo asociado y agente de la CIA caído en desgracia por sus nexos con el cártel de Medellín, escondido en la sede apostólica de Panamá pero "buscado" por la miserable barriada de El Chorrillo, en donde la Causa Justa (Así se llamó al bombardeo de las fuerzas estadounidenses) ocasionó entre 4 000 y 6 000 muertes, según fuentes extraoficiales del periodismo mundial. Según el Ejército de los EEUU y las agencias de noticias gringas, los muertos panameños no pasaron de 450. Y Saddam Hussein y sus "armas de destrucción masiva", que no se encontraron por parte alguna. Y hasta Osama bin Laden, antiguo socio de la familia Bush, asesinado por un comando especial. Sin olvidar que el alcalde de Nueva York, Ed Koch, sugirió dejar caer una bomba atómica en Medellín para acabar con Pablo Escobar.
De manera que no es fácil aceptar sin beneficio de inventario las humanitarias razones estadounidenses para acabar con un malvado que lleva 25 años en el oficio sin que antes les haya importado un comino. A no ser, pensando mal, que habiendo salido de Iraq, en camino de abandonar Afganistán con la cola ente las piernas, y con el África Central y Centro occidental llena de petróleo, la magnanimidad se les haya alborotado.
Coletilla: ¿Cómo era la geopolítica de Truman el del Big Stick? Ah sí, pues que los EEUU siempre necesitan de una "guerrita espléndida". Y no hay que olvidar las inolvidables palabras de Richard Nixon, una de las pocas verdades que Tricky Dicky haya dicho en su vida: "La industria militar es la locomotora que arrastra el tren de la economía de los EEUU". Se le olvidó el petróleo pero ni falta que hace. ¿Son confiables los Gobiernos y las clases dirigentes de un país que debe gran parte de su desarrollo a la industria de la muerte?
Autor: Omar Ospina - oospina@hoy.com.ec Ciudad Quito

