Quito. 04.11.93. (Editorial) De político no tiene nada el insulto
entre políticos; más bien pertenece al orden de la
infrapoliticidad; es una perversión de la política.
El 25 de octubre, en declaraciones televisadas, Rodrigo Borja
criticó al presiente Sixto Durán Ballén que "siempre que abría la
boca metía la pata". Curiosamente con este mismo reproche se le
censuró a él durante su período de gobierno.
Y esto ya no pertenece al síndrome de Carondelet, pues justo en
la misma declaración televisada de marras, Rodrigo Borja no
perdió la oportunidad de seguir mereciendo esta triste
reputación. Al referirse al vicepresidente Alberto Dahik, con
muchísima desgracia le recordó sus orígenes palestinos.
Precisamente el mismo día de la primera liberación de prisioneros
palestinos por Israel, y pocos días después que el presidente de
Francia, Mitterrand, amigo de Borja, recibiera a Yaser Arafat con
honores de jefe de Estado.
En este lamentable lance Rodrigo Borja ha hecho gala de
ignorancia de la historia antigua y moderna del Oriente Medio y
de una peor sensibilidad política, sorprendente en un político
que siempre se consideró progresista. Pero hay algo peor. Se
puede estar muy en contra de un adversario político, se puede ser
implacable con sus formas de pensar y de actuar, pero si algo
merece respeto son los orígenes históricos y culturales de
cualquier enemigo. Y entre las muchas honorabilidades que se le
puedan reconocer a Dahik sus orígenes palestinos es una de ellas.
Recordemos que fue el primer pueblo que ocupó la actual Palestina
hace más de cinco mil años, donde dio lugar a una de las primeras
culturas agrícolas y urbanas en el mundo.
Tampoco olvidemos que también nosotros hemos sido víctimas del
insulto político, cuando el León nos rugía que le mirásemos a la
cara y el Abdalá nos mentaba tantas insidias.
Más allá de esta peripecia y de sus protagonistas, el antagonismo
político en el país condimentado con la agresión verbal ha
degenerado en pugilatos personales y traperos; y el insulto
venenoso sustituye demasiado fácilmente la controversia, la
crítica y el análisis. En un desolador paisaje, vacío de todo
ideario político, nuestros políticos, y en particular nuestros ex
presidentes, mantienen relaciones rencorosas y enconadas muy poco
edificantes. Pero resultaría demasiado vanal atribuir este clima
de tirrias y malevolencias al temperamento irascible y a las
antipatías personales de nuestros dirigentes políticos.
Hay que buscar las causas de este fenómeno más bien en nuestro
mismo sistema político, basado fundamentalmente en el conflicto,
en la confrontación, en una lucha incesante donde rige la lógica
de la guerra, donde no puede haber más que vencedores y vencidos,
donde la simple presencia política del otro amenaza la propia
supervivencia política. Una política ajena a los pactos, a los
acuerdos y alianzas.
La "pugna de poderes" más que una refriega circunstancial en
nuestra vida democrática es algo sustantivo a nuestro régimen
político, donde el ganador en las elecciones tiene todo el poder
y a los perdedores no les queda más actividad política que
generar el desgobierno en el gobierno. Para convertirse ellos en
la próxima alternativa política. Incluso la oposición nunca puede
llegar a conformar una alianza política estable, sino amarres
coyunturales, sinuosas y tensas estratagemas en torno a
particulares reyertas con el Ejecutivo o sobre una determinada
presa, y en las cuales cada partido tratará de obtener la mejor
tajada.
Esta atmósfera trasciende la escena política y se hace callejera
en los conflictos sociales. Y hasta las huelgas tienen que ser
agresivas para hacerse notar. Todo sector o grupo, todo gremio o
sindicato, todo organismo u organización apuesta su poder e
influencia, sus reivindicaciones en el conflicto. La prueba de
fuerza aparece siempre como la condición y garantía ineludibles
para cualquier negociación. Una negociación sin conflicto previo
no tiene salsa, no es políticamente rentable. (4A)
Ciudad N/D

