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EL GORILA Y EL HUEVO

Publicado el 09/Octubre/1991 | 00:00

EL GORILA Y EL HUEVO, Por Daniel Samper Pizano

QUITO. 09.10.91. En "2001: odisea del espacio", Stanley
Jubrick nos enseña su versión sobre nuestros antepasados
andropoides. Vemos en ella cómo los monos peludos que
habitaban este planeta hace 65 millones de años descubrían el
amor, la guerra y otras cosas necesarias para garantizar que
en las heladas estepas no faltaran nuevos monos peludos cuando
llegara el cambio de era; habría sido fatal que los agarrara
la terminación del mesozoico sin estar preparados para debutar
en las primeras de cambio del cenozoico.

La película es un memorable esfuerzo de farándula
antropológica. No falta nada en ella: hasta las notas de "Así
hablaba Zaratustra" -tan asociadas al nacimiento de la vida
que ya huelen a sala de maternidad- hacen vibrar el telón y
los espectadores. Pero la verdad es que la gran película sobre
los cavernícolas aún no se ha rodado. Siempre he querido ver
en pantalla el que yo considero el momento culminante de
nuestra evolución, y que no tiene que ver con la rueda ni con
el fuego, sino con el huevo.

Imaginemos la escena: un gorilón medio jorobado que lleva en
la mano cipote garrote, descubre algo parecido a una bola del
tamaño de una motocicleta (El no tenía por qué saber qué era
del tamaño de una motocicleta, pero nosotros sí). Es un huevo
del dinosaurio: el primer huevo de dinosaurio que topa un
antropopitecus. Lo observa con curiosidad. Se aproxima a él.
Lo huele. Superando el temor instintivo que le inspira esa
superficie lisa y pecosa, extiende su dedo velludo y lo toca.
Salta hacia atrás sobresaltado: le ha parecido que algo bulle
en el interior de la cosa. Pasan unos segundos y el enorme
huevo permanece quieto. El primate debe tomar alguna decisión.
Gruñe. Junta las cejas cerdosas. Arruga la frente brevísima.
Abre la jeta. Vacila unos momentos.

Y aquí entra en juego, de manera brutal, el azar. Si ese mono
hubiera sido un antepasado del Pibe Valderrama, con seguridad
habría dado una patada al huevo y habría inventado el fútbol.
Si se hubiera tratado de un tatarabuelo de los Picas, habría
vaciado el huevo, habría vendido la cáscara hueca y habría
inventado así la banca internacional. Si hubiera sido un
antepasado de Alvaro Gómez Hurtado, habría convocado a los
demás monos, les habría dicho que él huevo lo puso él, les
habría pedido su apoyo para poner muchos más y habría
inventado de este modo la política. Si hubiera sido un
predecesor del cura Manuel Pérez -incluso un tío segundo, o un
primo tercero-, habría dinamitado el huevo.

Pero el lejano antropopitecus de que venimos hablando era
antepasado del Manteco Ricaurte; así que alzó con mucho atraco
el huevo, lo llevó a su madriguera, lo molió a palos, lo
arrojó a la candela y preparó los primeros pericos de
dinosaurios de la historia.Tiene más mérito aquel anónimo
antropoide que aquel otro, no menos anónimo, que fabricó la
primitiva rueda. Este no se jugaba la vida. Aquel sí. Lo mismo
había podido llevarse al hocico un veneno mortal que un
alimento. Desde entonces han pasado millones de años y el
huevo sigue incorporado a la cocina doméstica del homo
sapiens. Ya no se consiguen dinosaurios, es verdad, pero nos
defendemos con lo que haya: con huevos de gallina, de pato, de
codorniz, de iguana y hasta con criadillas. Solo falta la
película que lo cuente.

Hora GMT: // - 19:00 Fuente: DIARIO HOY Ciudad N/D Autor: DANIEL SAMPER PIZANO







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