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CUANDO EL MACHANGARA SE TIÑE DE ROJO

Publicado el 25/Septiembre/1996 | 00:00

Quito. 25 sep 96. (Editorial) Son las 8h15 del frío martes 17
de septiembre. Atravesamos el puente de la vía interoceánica
que, con su curva inclinada, une los acantilados del río
Machángara. La corriente fluvial que fue calificada hace 40
años, por Pío XII, como rebosante de "aguas cristalinas" que
besan los pies de la hermosa capital del Ecuador, está teñida
de un color rojo intenso que contrasta con los matices
verde-azulados de los eucaliptos, cuyas raíces lamen las
espumas del río. Con seguridad, en algún lugar de la "carita
de Dios", un técnico desalmado, o un eficiente gerente de
fábrica, habrán ordenado abrir las compuertas y arrojar al
torrente los rojizos desechos químicos. Ni siquiera la "fauna
fluvio-marina" de un informe de mala recordación podrá
sobrevivir a este brutal ataque con sofisticadas armas
químicas.

Las aguas teñidas de rojo del Machángara, por contraposición,
recuerdan los "Artículos de costumbre" de José Modesto
Espinosa (1899) que, como acuarelas literarias, nos pintan la
vida de los quiteños en la segunda mitad del siglo XIX. Al sur
de la ciudad de ese entonces, "un pequeño río se desliza
mansamente, a pesar de algunas piedras que quisieron
embravecerle, lo que prueba que el Machángara es un río de muy
buen genio, y no como otros que al menor obstáculo se hinchan,
braman y muestran su enojo con tanta espuma".

A medio día el río quiteño se ve estrecho por la muchedumbre
de bañistas, especialmente estudiantes, quienes después de
arrojar sus capotes y sombreros, "se despojan del vestido y se
echan a zambullir y nadar, así como nuestro padre Adán,
todavía flamante, se bañaría en los ríos paradisiacos...y
quien no quiera ver hombres y mujeres no muy honestos (que
también hay mujeres a la estudiantina), no vaya por allá y
todos quedamos en paz".

Casi una centuria después, cuando el agente de la CIA Philip
Agee se infiltraba en las organizaciones políticas o
sindicales de un Ecuador presidido por un político acusado en
el Parlamento de "dipsómano", se inculpó al "comunismo ateo"
de colocar bombas al Cardenal y a los obispos y de elaborar
siniestros planes para reducir a cenizas los templos
coloniales. Años después se supo que tales acciones fueron
efectuadas por jóvenes extremistas de derecha amparados por la
CIA.

Entre dientes se pasaba entonces la voz de que, en el siglo
XVII, una monja de Santa Catalina había tenido una visión
dantesca del Quito en la década de 1960. En medio de un
arrebato místico, la religiosa habría evocado el asesinato de
miles de creyentes en manos del anticristo. Su sangre corría
por las empinadas calles de la ciudad y transformaba al
apacible Machángara en un torrentoso Yahuar-Yacu o "río de
sangre". El cruento holocausto solo habría cesado por el
ingreso triunfal de un ejército signado con una bandera
engalanada con innumerables estrellas.

Poca suspicacia se necesita para descubrir el origen de esta
sanguinolenta profecía monacal. Queda, sin embargo en el
misterio, la causa del enrojecimiento de las aguas producido
por el moderno anticristo empresarial. Para consuelo de
quienes aman los antiguos remansos del Machángara, transcribo
algunos versos de Jorge Carrera Andrade: "Machángara de menta:
eres mi río. Atraviesas mi pecho y no los prados. Aguas de
historia y lágrimas de siglos, mortaja de crepúsculos
ahogados". (DIARIO HOY) (P. 9-A)

Hora GMT: // - 19:00 Autor: Por Segundo E. Moreno Yánez







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