Yo le pido a Dios rezando que mi mamá no se muera, que viva en rancho de paja como estampita siquiera, decía parte de una emblemática canción que se entonaba irremediablemente a propósito del Día de la Madre. La parte recitativa de esta melodía va así: Si alguna vez, madrecita, tú te me vas para el cielo, llévame, madre querida, no me dejes, yo te adoro. Durante este día, los centros comerciales están atestados, y los restaurantes de toda categoría no se dan abasto, porque la idea es llevar a la mamá a almorzar fuera, y regalarle con cosas propias para el oficio maternal. La frecuente comodidad doméstica con que actúan casa adentro los miembros de la familia se borra un poquito con gestos tan generosos. Ya vendrá el lunes, y la mamá lavará los platos. La madre es figura de culto en toda Latinoamérica. La madre es la jefa o la vieja a la que se debe respeto y casi idolatría. Resulta curioso ver cómo, en ciertos sectores de la cultura popular latinoamericana, esa figura es vista separadamente de la noción de mujer; esta última, sin atributos mayores, puede ser el símbolo de la liviandad o el pecado; la madre, por el contrario, debe tener atributos como el sacrifico, la generosidad, el trabajo abnegado. Ya se ha oído aquello, en el refranero popular, de que todas las mujeres son malas, menos la santa madrecita. Y en la larga historia de violencia en un continente en el que, sin duda, existe el machismo, se registran casos de esposos que golpean a la mujer, pero siguen arrodillándose para pedir la bendición a la madre. En ciertos sectores de la población, el respeto debido a niñas, jóvenes, mujeres en general, deja mucho que desear, y tal vez aparece bajo formas, patéticas y hasta falseadas, solo cuando la mujer se ha legitimado socialmente al convertirse en una madre, y claro, en una buena madre. A su vez, la mamá puede vivir crisis muy serias, pero adora al hijo, le sobreprotege, le exige poco, le entrega incondicionalmente la vida, renuncia a posibles metas personales; lo primero son los hijos, nos han enseñado como credo a las mujeres. Lo cierto es que el oficio maternal no tiene nada que ver con electrodomésticos, porque no implica tareas domésticas. Las madres son, primero, mujeres, y desde ese ser femenino que se hace cada día, actúan. Por otro lado, no es fácil el oficio. Es verdad que el amor de los padres por los hijos es incondicional, y no pide para dar, pero no es perfecto ni necesariamente maravilloso ni las madres deben ser la encarnación de la Dolorosa. Como toda relación de intimidad y amor, la de madres e hijos supone diálogos, desencuentros, búsquedas, sostén y construcción de autonomías.
También es cierto que la sociedad en su conjunto puede dar a la mujer el espacio social y laboral digno para ejercer desde ahí su importante función. Un poco de flores y serenatas no nos vienen mal, pero ya va siendo hora de ir un poco más allá de los consabidos, desgastados lugares comunes.
Ciudad Quito

