Agua larga sinfónica por todos los libros que en el mundo han sido y que nunca supimos ni sabremos de sus existencias, autores y cosmos imaginarios. Y también por aquellos lectores que se sienten guícharos por todos los biblios olvidados en sótanos y ni en las más arrecha bibliomancia podrían adivinar sus escrituras. O acumulados inútilmente en elegantes bibliotecas y no serán visitados por ojos lívidos de lector. Es un tema que parece surrealista: por ahí algunos hablan de la muerte lenta e inexorable de los libros. Y tienen argumentos letales: hay ciudades que no tienen librería ni por mala leche, a pesar de aquello no les ha caído uno de esos aguaceros definitivos que dejan "absortos, boquiabiertos y parece que Dios entre la lluvia estuviera lloviendo"; la gente está eligiendo presidentes por allí y por acá, que se ufanan de su bibliofobia.
Sospecho que por ahí debe estarse fermentando cierta desesperación por los libros que se quedan sin lector o náufragos en las estanterías, más solos que una isla sin Robinsón. La hipocondría más antigua es por efecto de la hipobibliocemia. Muchísimo antes de Gutemberg y su invento de inventar vidas, aún antes de los sabios moros regados por el imperio algebraico de los califas, bueno, más o menos por la época de los biblios cuneiformes o jeroglíficos; un poco después de que los paleobrujos, si se les cansaba la boca, en pocos signos dibujaban novelas costumbristas en las cavernas. Los primeros babalawos fueron libros de carne, tendones y hueso, envejecían con lentitud de papiro y alcanzaban su misma tonalidad. Mientras se volvían inmemoriales eran más sencillos y profundos, los lecto-oyentes ascendían encantados a la sabiduría. Los dioses eran amigables vecinos y lo folclórico fue una maldición que llegaría siglos más tarde.
De este lado del gran charco, los biblios eran una constelación de nudos llamados quipos y aquellos que se negaban a contar sus asuntos en cuerdas anudadas dedicaron arte y ciencia a la arcilla. En cuerpos antropomórficos, máscaras, idolillos, tallas de conchas y obsidiana dejaron historias, noticias y manifiestos antropológicos. Este jazzman se pregunta: ¿cómo serían estas Perspectivas 4 en cerámica Tolita? ¿Hernán Crespo Toral podría darnos pistas? Esos biblios y periódicos de tierra están en el museo de Esmeraldas del Banco Central. En estas vacaciones, si van para allá, no se pierdan esas lecturas.
Después de trashumar por el paraíso de letras de Édgar Freire Rubio, me estoy convenciendo que los biblios terminan por escoger a los lectores, por amor o por travesura; no sé. Si es por querer, lograrán recocer sus molleras en noches de claro en claro y días de turbio en turbio, más aún si son relectores, esos seres de pocos libros pero comidos a placer en frito, refrito y sofrito. Ja, no se asusten que ese sería el mejor cocinado que saborearían en sus vidas. Interesante, ¿qué libros ha releído? No deje de escribir al Buzón de HOY, a algunos nos satisface conocer la vida ajena.
Ciudad QUITO

