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Agustin Cueva "entre La Ira Y La Esperanza

Publicado el 11/Marzo/1992 | 00:00

AGUSTIN CUEVA: "ENTRE LA IRA Y LA ESPERANZA"

"Ibas sobre la nave como una sentimental princesa desterrada
que lamentarse, triste, y olvidada, la volubilidad de su
fortuna". (Noboa)

"Vivir siempre al margen de la vida, en esa fiebre de armonía,
de ensueño y belleza que nos hace esclavos de toda ilusión"


Las frases que se ordenan como una expresión sensible de la
expresión cultural de las letras ecuatorianas merecen un sitio
de estudio muy crítico y de brillante exposición en un pequeño
libro de 150 páginas que su autor, Agustín Cueva, lo ha
llamado: "Entre la ira y la esperanza".

La ira, un sentimiento que aparece engendrado ya de acuerdo a
las condiciones sociales que se imponen: en la maldita
cultura, en la composición de paradojas diarias, en las
creaciones rutinarias -no necesariamente literarias-, en los
planteamientos pragmáticos que son de poca filosofía y que a
algunos "sabios" los hacen teóricos cuando desmeduzan los
enigmas de la razón, en el sinfín de hechos inconscientes y de
los pocos conscientes que los grupos humanos ejercen en cada
acto, en ese protagonista nacional que hace de actor y de
receptor en la misma función teatral. La ira del todo. La ira
de lo que falta y sobra para inspirar la pluma narrativa de
los libros de Montalvo y de la angustia existencial de los
poemas de los "decapitados" y de la historia irreverente de
González Suárez.

Lleno de ese fastidio de inconcruencias propio del universo
caótico de la mente, el lector necesita soportar la ira de
vivir de alguna manera, quiza hasta logar ciertas condiciones
de sobrevivencia y de relación intrahumana, estas son las
actividades linguísticas, los escritos. Son los libros. Los
libros que se vuelven en un momento ideas materializadas del
tiempo que rasgan la historia casi innatamente para volverse
tesoros inhóspitos de los los pueblos y que cuando se releen
identifican: la gracia, el mito, el amor, la amargura, la
ciencia, la locura, la muerte, la nostalgia, la existencia, la
política, la incertidumbre, la economía, la vida misma de las
pueblos.

Nunca se podría perder de vista la simbología del hombre
ecuatoriano para poder describir a los grandes expositores de
la literatura. Los símbolos perduran, se fusionan, se
mecanizan, se transforman, pero nunca dejan de ser símbolos.
El nacionalismo patriotero de una época, evoluciona
homosexualmente a una lujuriosa socialdemocracia. La religión
conservada, ortodoxa, dogmática, de beatas y bastardos se
analogiza irónicamente a una nueva religión engañosa y
destructiva que se practica con la tecnología de los medios de
comunicación y que reproduce a un dios gringo, muy audaz. Los
símbolos existen, pero ahora con otras palabras.

Se dice que el escritor es la persona que se ha dignado en
fotografiar con su pluma algunos instantes de su vida para
hacerlos actos en los libros. ­Que buen reflejo de los
seres­... ­Que lamento a la vez­


Un pueblo triste, lleno de lamentos y amarguras con la misma
fisonomía de las vírgenes y de los santos cual divinidades
descansan en las iglesias son una expresión psíquico-emocional
de la cosmovisión de nuestro pueblos. Es necesario cambiar los
totems, es necesario inventaar un dios alegre, lleno de vida,
con mejilas rozadas, con dinamismo para nuestras finanzas, un
dios mestizo, un dios oficial que carajee a los subalternos,
un dios que procree con las naciones muchas utopía y cambios.
Esta es la "esperanza". La esperanza de todos y la ira de
todos.

Ciudad N/D



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