Las Fiestas de Quito tienen otro aroma, quizá para despejar el que ha dejado el azufre y la ceniza del Reventador: la agenda cultural es variada y de buena calidad. Hay de todo: conciertos, exposiciones, charlas, teatro, toros, inauguraciones de proyectos y participación de artistas e intelectuales.
¿Qué muestra o indica esta cascada de actos festivos? Quizá que la capital ecuatoriana sabe que tiene entre sus habitantes y promotores un gran capital e inteligencia para articular una oferta que tendrá respuesta porque en Quito hay demanda de actos culturales todo el año, pero más cuando se trata de festejar el aniversario de la fundación.
La masiva presencia de público en las exposiciones del Museo de la Ciudad o del Centro Cultural Metropolitano, en los conciertos (como el de anoche de la Misa Criolla, del argentino Ariel Ramírez) y, por solo añadir un ejemplo, en el II Salón del Libro y la Palabra también puede explicar que hay ánimos y actitud para consumir más y mejor otro tipo de productos.
Por otro lado, estas actividades generan otros efectos que no cuentan en un balance inmediato: el encuentro, el contacto y la confrontación de ideas, propósitos y nuevas maneras de observar el mundo. Es que el arte y la cultura están más allá de las puntuales responsabilidades cívicas de una ciudad frente a sus habitantes. Estas dos tareas incorporan en la retina de los ciudadanos otras miradas de la misma realidad rutinaria y cotidiana; permiten sintonizar desde otras ondas el ruido agobiante del fenómeno urbano acelerada de todos los días; alejan momentáneamente del paisaje local para viajar a otras latitudes sin moverse del espacio.
Y existe otro factor a favor de aplaudir este clima quiteño: dejar atrás las comparaciones ociosas y odiosas con otras ciudades que están superando decenios de olvido a un segmento de la realidad que solo se concebía como para las élites más adineradas.
Siendo capital, esta efervescencia acentúa la condición de eje y centro de la ecuatorianidad en muchos aspectos, no solo en el político que es el que menos ha favorecido a Quito.
Recuperar, a lo largo de todo el año, este ambiente y ocupaciones es un reto para las autoridades correspondientes. Varias razones obligan a ello. La principal es que la tradición (raíz y resorte de toda comunidad) necesita afincarse en hechos cotidianos, regulares y perdurables. Las nuevas generaciones no solo se construyen desde la lectura de historia o la visita a los museos. Es más, los hitos culturales de Quito han estado marcados por la presencia o irrupción de los jóvenes en los espacios que han dejado los mayores cada año, en cada fiesta o en algún aniversario.
Claro, eso requiere una mirada más fresca y abarcadora de una política cultural para Quito. Eso no implica que se dependa solo del Municipio o el Gobierno. El entusiasmo (ahora es más evidente) está también dado por la iniciativa privada, que ha encontrado espacios, iniciativas y colaboración para impulsar, como negocio o inversión, proyectos y tareas sin pensar en el beneficio económico inmediato.
Si se cultivan consumidores de la cultura, también habrá réditos para los promotores, públicos y privados.
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