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¿CONSENSO O SORPRESA?

Publicado el 05/Junio/1994 | 00:00

Quito. 05.06.94. (Editorial) El debate sirvió de muy poco y el
argumento fue el de siempre: si no hay ley agraria no hay
créditos internacionales.

Como en 1964, cuando la ley de Reforma Agraria se fraguó en Punta
del Este y en las oficinas de la Alianza para el Progreso; igual
como, pasados pocos años, se le entregó el proceso a la derecha
de Otto Arosemena; del mismo modo como en el 73 una dictadura
volvió a decirnos cómo debía ser el campo para, pocos años
después, esa misma dictadura volvernos a decir cómo no debía ser
el campo.

Hoy se repite la arbitrariedad. No cuenta el debate. Basta una
parodia oficial representada en Cacha por un mestizo confundido
-Sixto Durán- y un indígena blanqueado -Duchicela- más un pacto
bajo la mesa -gobierno y socialcristianos- para decidir el
destino del campo.

El resto es tierra de nadie.

El sistema financiero privado no invierte un centavo en la
agricultura campesina. El Estado convierte en botín los programas
de comercialización destinados a regular precios. Los chulqueros
pululan. Los venenos se enmascaran tras los pesticidas y la
tecnología agraria no es más que un proceso continuo de deterioro
de la tierra protagonizado por el mercado, el famoso mercado que
engaña, que vende polvo de granos en vez de furadán y llena el
campo de todos los químicos prohibidos en el mundo.

Mientras tanto, los que pactaron y fraguaron la nueva ley no
debaten. El campesino ya no es un niño de biberón como para que
se le siga protegiendo dicen y no discuten con él. Es hora de que
el mercado organice la producción agropecuaria recitan con un
aire fatuo de modernidad, cuando el mercado en el campo
ecuatoriano es un galimatías de contradicciones y
arbitrariedades.

Nos dicen que en México, el nuevo estatuto agrario significó un
debate de más de dos años en los ejidos, entre las pequeñas
agrupaciones de campesinos.

Entre nosotros basta un pacto para sellar los consensos. Los
acuerdos no se dan por el diálogo, los acuerdos se fraguan en la
sombra. No llegamos a consensos sino que vivimos de sorpresa en
sorpresa. La democracia se achica, la democracia se moderniza, la
democracia se privatiza, la democracia se somete al libre juego
del mercado.

¿Así van a gobernar los socialcristianos? ¿Fraguando
desconciertos? ¿Quién le puede creer a Jaime Nebot cuando afirma
que el pueblo es sabio, que al pueblo nadie le engaña, que la voz
del pueblo es la voz de Dios? Acallada la voz, Nebot cuenta los
votos, suma los intereses de cada uno de sus socios, resta,
divide, multiplica, calcula y pacta... con el auxilio de Heinz
Moeller, sobreviviente de tantos pactos.

Entretanto, a horcajadas de confusos galimatías, Sixto Durán
practica la democracia del secreto. Nadie sabe para qué viaja
camuflado en el sombrero y el "paletó" su vicepresidente. Nadie
entiende cómo calcula el precio de la gasolina. Nadie sabe quién
finalmente gobierna. Nadie propone políticas sociales ni nadie
sabe si el presidente quiere un plebiscito o una constituyente.

Así revuelto y confundido todo, desaparece el debate, se
confunden los proyectos socialcristianos con los gobiernistas, se
diluye la democracia, se banaliza el ejercicio del poder.... Y
después de la ley agraria de Sixto, el diluvio: ¿quién
establecerá las reglas del juego en el campo? ¿Quién asegurará
los créditos si los sistemas financieros se ocupan de las
ciudades? ¿Quién nos dice que con esta milagrosa ley
socialcristiana se va a ordenar el campo? (4A)

Ciudad N/D



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