El 23 de enero se incia el análisis del proyecto de reformas constitucionales que presentó al Congreso el presidente Alfredo Palacio.
El titular de la Comisión de Asuntos Constitucionales, Pedro Valverde (PSC), dijo que se acogerán a la resolución del Legislativo, según la cual, ese organismo debe emitir el correspondiente informe para primer debate, acatando los plazos constitucionales. Esto es, luego de que hayan transcurrido 20 días desde su presentación.
A partir del 23, la Comisión definirá un cronograma de trabajo, que incluirá reuniones con representantes del Ejecutivo, para que sustenten el proyecto; diputados de diferentes bancadas y otros sectores del país involucrados con el tema.
El objetivo es conocer sus puntos de vista sobre la iniciativa presidencial y luego redactar el informe, para lo cual el diputado Valverde recordó que no hay plazo, pero sí garantizó que lo entregarán a la Presidencia del Congreso en el menor tiempo posible.
Pudiera ser en el transcurso de febrero. El Pleno tampoco tiene plazo para tramitar en primer debate el proyecto.
Palacio propuso que en la Carta Política se incluya una norma para que el Presidente de la República, el Congreso, con el voto de las dos terceras partes de sus miembros, o los ciudadanos que representen por lo menos el 1 por ciento del padrón electoral nacional convoquen a consulta popular sobre la instalación de una asamblea constituyente.
También planteó otra reforma para que el Tribunal Supremo Electoral (TSE) esté integrado por siete vocales de la ciudadanía, la cual presentará al Tribunal Constitucional las ternas para que realice las designaciones.
3.-En el calabozo de Tránsito el caporal impone sus reglas
No sé qué me turbó más, si mirar prisioneros desesperados por beber licor o el miedo a que me descubrieran. Súbitamente, en la madrugada, varios detenidos empezaron a transpirar a alcohol en el Centro de Detención de
Tránsito, en la calle Cordero, de Quito, la cárcel para dar escarmiento a los conductores borrachos.
El martes 27 de diciembre, a las 17:45, ingresé detenido. Una mujer subteniente, a cargo de la prisión, anotó mi nombre en el libro de presos. La guapa agente de ojos claros apuntó: razón de la detención, embriaguez. Y ordenó que me llevaran al calabozo.
En minutos noté que seis presos incitaban al caporal, de apellido Oña, para buscar un paliativo para el frío. Al anochecer, lo convencieron y se hizo una colecta para comprar licor y la coima para los policías de turno. El martes toca la pizza dos por uno, justificó Oña. Incrédulo, aporté con un dólar y fui tachado de tacaño por
Fonseca, uno de los presos más bravucones, recluido desde hace tres años por un choque grave, pese a que el lugar es un centro de detención provisional.
Mi capo, hay 18 dólares, reportó Torres, preso que estaba a dos noches de cumplir su pena de 21 días por conducir ebrio. El capo, mecánico y chofer, lleva preso casi tres años, no sólo por conducir tomado, sino por causar la muerte de una mujer cuando guiaba el Mercedes Benz de su jefe.
Oña recibió los 18 dólares y abandonó el calabozo con la venia de los tres policías de guardia. Los minutos siguientes fueron tediosos y eternos. Fonseca fulminaba a sus contendores en el ajedrez. Los presos que veían la televisión gozaban resaltando los atributos de las mujeres que desfilaban por la telenovela El Cuerpo del Deseo.
Varios internos se lamentaban por mi detención, eran sinceros cuando se ofrecían a acompañarme para despedir el año y recibir el 2006 en prisión. En lugar de consolarme, la oferta me angustió, pues se suponía que mi confinamiento sólo sería de un día.
Horas antes, cuando entré al calabozo, no le había prestado mayor importancia al caporal. Después de que la pesada puerta metálica se cerró, docenas de ojos me acribillaron. A mi llegada, ningún reo me habló, sólo un hombre canoso me tomó del brazo y me dijo: saluda a todos. Estreché manos desde la puerta del calabozo, entre las camas literas, por el baño, hasta llegar al habitáculo del fondo, separado por una persiana blanca, donde un hombre de nariz desviada tomaba una siesta, era el caporal Oña.
Sin verme a la cara, el capo hurgó mi apariencia, una chaqueta de paño, un buzo de lana, jean azul y botas. Se ve que eres tranquilo, esta noche puedes dormir en este cuarto, cualquier cosa me dices a mí, yo mando aquí.
Fuera de la habitación había diez camas literas, utilizadas por camioneros, taxistas, mecánicos y burócratas.
Oña sólo recibía en su habitación un espacio con dos literas a los detenidos que aparentaban una mejor posición económica. Ellos tenían garantizada su seguridad, buena alimentación, licor.
El capo me dio plazo hasta la noche para pagar 15 dólares, necesarios para hacer llevadera mi estadía, con derecho a una cama y a un huevo cocido por la mañana. Me obligó a tomar una ducha y autorizó a que me vendieran una tarjeta telefónica para utilizar la cabina instalada adentro. Aquí la tarjeta de 3 dólares vale 4.
¿Cómo se bloquea esta huevada?, vociferó el capo, de más de 50 años, refiriéndose a su celular. Torres, su brazo derecho, lo asistió. En un cuaderno cuadriculado, Torres llevaba la contabilidad como un tesorero, con los nombres de los presos, subrayados con colores, según los pagos: 15 dólares para la cama y desayuno, 50 centavos para la ducha eléctrica, un dólar para mantenimiento. Me registró y cancelé sin reparos.
De repente, escuché un bullicio. Los prisioneros se aferraban a los barrotes de la ventana sin vidrios. Era la última visita del día, a las 18:30. Por allí ingresaba todo tipo de fundas que familiares y amigos llevaban a los reos.
Entre el tumulto de rostros distinguí a mi esposa. Aunque se veía un poco preocupada, luego sonrió con malicia y me alcanzó en un paquete mi merienda: una menestra con carne asada y arroz. Cruzamos pocas palabras y partió en silencio,para no despertar sospechas. Después apareció mi padre; estaba confundido pero fue discreto. Trajo una cobija y ropa.
Cerca de las 20:00, en el corredor principal de la celda se instaló una mesa comunal. Los presos compartían sus alimentos; hablaban de mujeres y recordaban el pavo y el abundante licor que se había servido en Navidad. En la víspera del Fin de Año, planificaban repetir la verbena. Yo empezaba a angustiarme, pensaba en mi hogar, añoraba comer en mi cama frente al televisor.
Mis temores aumentaron a la medianoche. El candado se abrió y Oña ingresó con el licor, pero tenía el rostro pálido; lucía trastornado. Pidió a los presos que salieran de su cuarto y me apuntó con el dedo: tú te quedas.
Llamó a Fonseca, quien a veces somete a golpes a los borrachos que se exceden o, al menos, tiene esa fama, por levantar pesas. También llegó Torres, que cerró la persiana.
El capo me miró a los ojos. Me acaban de informar que eres periodista. Me quedé petrificado, de repente me empezaron a temblar los muslos. Conmigo a los infiltrados les va mal. Voy a tomarme un traguito y quiero que te calles, no me voy a desquitar con vos, sino con tu familia. Los ojos de Fonseca estaban inyectados de sangre;
Oña no dejaba de retarme. La subteniente está preocupada porque dice que nos vas a delatar y casi no me deja meter el trago.
No sé si notaron mi pánico, pero recobrando la calma respondí que no era infiltrado. Sin más, Oña me dio una palmada en el hombro, le pidió a Fonseca que abriera la persiana y ordenó que se destapara una botella de Zhumir limón. Suspiré aliviado, pero la noche sólo se volvió más tensa.
El caporal hacía gala de su poder, no sólo supervisaba con minucia a Torres cuando servía el licor, sino que decidía a su antojo la música tecnocumbia y monopolizaba la charla. Nos hacía callar. Aconsejaba a los esposos para que no fueran infieles y amaran a sus hijos, también les pedía que no bebieran cuando fueran a conducir; sí mi capo, respondíamos.
Los presos del pasillo amplio no participaban de las rondas de licor y dormían, pero yo no podía escapar. No bebí, sólo contaba los minutos para que la experiencia del encierro acordado se terminara. A las 03:30, el capo ordenó descansar. Torres apagó la luz y me dejó ocupar la mitad de su cama. Oña estaba ebrio y me miraba, se acostó en la otra litera.
No pegué los ojos hasta el amanecer. Para entonces éramos 39 presos. Los tres nuevos detenidos ingresaron por la misma causa, pero debieron dormir sobre colchones extendidos en el piso.
Después del desayuno, dos botellas más de licor aparecieron en el cuarto de Oña. Para las 10:00, el capo hablaba con dificultad, caminaba con apoyo y estaba furioso. Dispuso la limpieza del lugar. Los nuevos baldean el baño, decretó Gusano, otro preso antiguo. Hacendoso, recogí una escoba. El olor era nauseabundo, Gusano regó desinfectante sobre mis pies y me obligó a cepillar los retretes.
El resto del día pasé en sandalias, tenso y desocupado. Oña dormía completamente borracho pero la voz de Fonseca me angustiaba. Fumaba en el baño y hacía pasar a todos por ignorantes con sus conocimientos sobre autos.
Desde las 17:30, estuve en la puerta. A las 18:20, veinte minutos más tarde de lo acordado, un policía gritó mi nombre. El alma me volvió al cuerpo. Noté inquietud en los reos, pero evité mirarlos y pasé el umbral. En la prevención, ofrecí una sonrisa a la subteniente y me alejé desconcertado.
Los abogados y sus milagros
Confundido entre los visitantes, un hombre de espeso bigote apareció en la ventana del presidio. Vestía traje celeste de los años 70 y corbata ancha. Me hizo un gesto.
Su rostro me fue familiar. Desde niño lo había visto en la tribuna del estadio, es hincha de un equipo de fútbol de Quito y siempre me atrajo su bandera de cuero.
Soy abogado, qué le pasó. Traté de esquivarlo. Si usted está enfermo del corazón, le podemos llevar a una clínica. Necesita un informe de un médico de la Policía, uno es mi amigo. Me dejó su tarjeta.
De la nada, me saludó otro abogado; tenía 30 años y el pelo engominado. Parecía interesado y concluyó que mi caso era grave.
Se ofreció a realizar cambios en el parte policial, requería 2.500 dólares para que un amigo suyo extraviara el reporte del alcochek. Dijo que en cinco días iría a casa.
Los presos me aconsejaron otros nombres de defensores y me advirtieron que, luego de la condena, los policías sólo me dejarían atravesar la Prevención si pagaba 80 dólares: 40 por la multa y 40 por el examen de alcoholemia.
El titular de la Comisión de Asuntos Constitucionales, Pedro Valverde (PSC), dijo que se acogerán a la resolución del Legislativo, según la cual, ese organismo debe emitir el correspondiente informe para primer debate, acatando los plazos constitucionales. Esto es, luego de que hayan transcurrido 20 días desde su presentación.
A partir del 23, la Comisión definirá un cronograma de trabajo, que incluirá reuniones con representantes del Ejecutivo, para que sustenten el proyecto; diputados de diferentes bancadas y otros sectores del país involucrados con el tema.
El objetivo es conocer sus puntos de vista sobre la iniciativa presidencial y luego redactar el informe, para lo cual el diputado Valverde recordó que no hay plazo, pero sí garantizó que lo entregarán a la Presidencia del Congreso en el menor tiempo posible.
Pudiera ser en el transcurso de febrero. El Pleno tampoco tiene plazo para tramitar en primer debate el proyecto.
Palacio propuso que en la Carta Política se incluya una norma para que el Presidente de la República, el Congreso, con el voto de las dos terceras partes de sus miembros, o los ciudadanos que representen por lo menos el 1 por ciento del padrón electoral nacional convoquen a consulta popular sobre la instalación de una asamblea constituyente.
También planteó otra reforma para que el Tribunal Supremo Electoral (TSE) esté integrado por siete vocales de la ciudadanía, la cual presentará al Tribunal Constitucional las ternas para que realice las designaciones.
3.-En el calabozo de Tránsito el caporal impone sus reglas
No sé qué me turbó más, si mirar prisioneros desesperados por beber licor o el miedo a que me descubrieran. Súbitamente, en la madrugada, varios detenidos empezaron a transpirar a alcohol en el Centro de Detención de
Tránsito, en la calle Cordero, de Quito, la cárcel para dar escarmiento a los conductores borrachos.
El martes 27 de diciembre, a las 17:45, ingresé detenido. Una mujer subteniente, a cargo de la prisión, anotó mi nombre en el libro de presos. La guapa agente de ojos claros apuntó: razón de la detención, embriaguez. Y ordenó que me llevaran al calabozo.
En minutos noté que seis presos incitaban al caporal, de apellido Oña, para buscar un paliativo para el frío. Al anochecer, lo convencieron y se hizo una colecta para comprar licor y la coima para los policías de turno. El martes toca la pizza dos por uno, justificó Oña. Incrédulo, aporté con un dólar y fui tachado de tacaño por
Fonseca, uno de los presos más bravucones, recluido desde hace tres años por un choque grave, pese a que el lugar es un centro de detención provisional.
Mi capo, hay 18 dólares, reportó Torres, preso que estaba a dos noches de cumplir su pena de 21 días por conducir ebrio. El capo, mecánico y chofer, lleva preso casi tres años, no sólo por conducir tomado, sino por causar la muerte de una mujer cuando guiaba el Mercedes Benz de su jefe.
Oña recibió los 18 dólares y abandonó el calabozo con la venia de los tres policías de guardia. Los minutos siguientes fueron tediosos y eternos. Fonseca fulminaba a sus contendores en el ajedrez. Los presos que veían la televisión gozaban resaltando los atributos de las mujeres que desfilaban por la telenovela El Cuerpo del Deseo.
Varios internos se lamentaban por mi detención, eran sinceros cuando se ofrecían a acompañarme para despedir el año y recibir el 2006 en prisión. En lugar de consolarme, la oferta me angustió, pues se suponía que mi confinamiento sólo sería de un día.
Horas antes, cuando entré al calabozo, no le había prestado mayor importancia al caporal. Después de que la pesada puerta metálica se cerró, docenas de ojos me acribillaron. A mi llegada, ningún reo me habló, sólo un hombre canoso me tomó del brazo y me dijo: saluda a todos. Estreché manos desde la puerta del calabozo, entre las camas literas, por el baño, hasta llegar al habitáculo del fondo, separado por una persiana blanca, donde un hombre de nariz desviada tomaba una siesta, era el caporal Oña.
Sin verme a la cara, el capo hurgó mi apariencia, una chaqueta de paño, un buzo de lana, jean azul y botas. Se ve que eres tranquilo, esta noche puedes dormir en este cuarto, cualquier cosa me dices a mí, yo mando aquí.
Fuera de la habitación había diez camas literas, utilizadas por camioneros, taxistas, mecánicos y burócratas.
Oña sólo recibía en su habitación un espacio con dos literas a los detenidos que aparentaban una mejor posición económica. Ellos tenían garantizada su seguridad, buena alimentación, licor.
El capo me dio plazo hasta la noche para pagar 15 dólares, necesarios para hacer llevadera mi estadía, con derecho a una cama y a un huevo cocido por la mañana. Me obligó a tomar una ducha y autorizó a que me vendieran una tarjeta telefónica para utilizar la cabina instalada adentro. Aquí la tarjeta de 3 dólares vale 4.
¿Cómo se bloquea esta huevada?, vociferó el capo, de más de 50 años, refiriéndose a su celular. Torres, su brazo derecho, lo asistió. En un cuaderno cuadriculado, Torres llevaba la contabilidad como un tesorero, con los nombres de los presos, subrayados con colores, según los pagos: 15 dólares para la cama y desayuno, 50 centavos para la ducha eléctrica, un dólar para mantenimiento. Me registró y cancelé sin reparos.
De repente, escuché un bullicio. Los prisioneros se aferraban a los barrotes de la ventana sin vidrios. Era la última visita del día, a las 18:30. Por allí ingresaba todo tipo de fundas que familiares y amigos llevaban a los reos.
Entre el tumulto de rostros distinguí a mi esposa. Aunque se veía un poco preocupada, luego sonrió con malicia y me alcanzó en un paquete mi merienda: una menestra con carne asada y arroz. Cruzamos pocas palabras y partió en silencio,para no despertar sospechas. Después apareció mi padre; estaba confundido pero fue discreto. Trajo una cobija y ropa.
Cerca de las 20:00, en el corredor principal de la celda se instaló una mesa comunal. Los presos compartían sus alimentos; hablaban de mujeres y recordaban el pavo y el abundante licor que se había servido en Navidad. En la víspera del Fin de Año, planificaban repetir la verbena. Yo empezaba a angustiarme, pensaba en mi hogar, añoraba comer en mi cama frente al televisor.
Mis temores aumentaron a la medianoche. El candado se abrió y Oña ingresó con el licor, pero tenía el rostro pálido; lucía trastornado. Pidió a los presos que salieran de su cuarto y me apuntó con el dedo: tú te quedas.
Llamó a Fonseca, quien a veces somete a golpes a los borrachos que se exceden o, al menos, tiene esa fama, por levantar pesas. También llegó Torres, que cerró la persiana.
El capo me miró a los ojos. Me acaban de informar que eres periodista. Me quedé petrificado, de repente me empezaron a temblar los muslos. Conmigo a los infiltrados les va mal. Voy a tomarme un traguito y quiero que te calles, no me voy a desquitar con vos, sino con tu familia. Los ojos de Fonseca estaban inyectados de sangre;
Oña no dejaba de retarme. La subteniente está preocupada porque dice que nos vas a delatar y casi no me deja meter el trago.
No sé si notaron mi pánico, pero recobrando la calma respondí que no era infiltrado. Sin más, Oña me dio una palmada en el hombro, le pidió a Fonseca que abriera la persiana y ordenó que se destapara una botella de Zhumir limón. Suspiré aliviado, pero la noche sólo se volvió más tensa.
El caporal hacía gala de su poder, no sólo supervisaba con minucia a Torres cuando servía el licor, sino que decidía a su antojo la música tecnocumbia y monopolizaba la charla. Nos hacía callar. Aconsejaba a los esposos para que no fueran infieles y amaran a sus hijos, también les pedía que no bebieran cuando fueran a conducir; sí mi capo, respondíamos.
Los presos del pasillo amplio no participaban de las rondas de licor y dormían, pero yo no podía escapar. No bebí, sólo contaba los minutos para que la experiencia del encierro acordado se terminara. A las 03:30, el capo ordenó descansar. Torres apagó la luz y me dejó ocupar la mitad de su cama. Oña estaba ebrio y me miraba, se acostó en la otra litera.
No pegué los ojos hasta el amanecer. Para entonces éramos 39 presos. Los tres nuevos detenidos ingresaron por la misma causa, pero debieron dormir sobre colchones extendidos en el piso.
Después del desayuno, dos botellas más de licor aparecieron en el cuarto de Oña. Para las 10:00, el capo hablaba con dificultad, caminaba con apoyo y estaba furioso. Dispuso la limpieza del lugar. Los nuevos baldean el baño, decretó Gusano, otro preso antiguo. Hacendoso, recogí una escoba. El olor era nauseabundo, Gusano regó desinfectante sobre mis pies y me obligó a cepillar los retretes.
El resto del día pasé en sandalias, tenso y desocupado. Oña dormía completamente borracho pero la voz de Fonseca me angustiaba. Fumaba en el baño y hacía pasar a todos por ignorantes con sus conocimientos sobre autos.
Desde las 17:30, estuve en la puerta. A las 18:20, veinte minutos más tarde de lo acordado, un policía gritó mi nombre. El alma me volvió al cuerpo. Noté inquietud en los reos, pero evité mirarlos y pasé el umbral. En la prevención, ofrecí una sonrisa a la subteniente y me alejé desconcertado.
Los abogados y sus milagros
Confundido entre los visitantes, un hombre de espeso bigote apareció en la ventana del presidio. Vestía traje celeste de los años 70 y corbata ancha. Me hizo un gesto.
Su rostro me fue familiar. Desde niño lo había visto en la tribuna del estadio, es hincha de un equipo de fútbol de Quito y siempre me atrajo su bandera de cuero.
Soy abogado, qué le pasó. Traté de esquivarlo. Si usted está enfermo del corazón, le podemos llevar a una clínica. Necesita un informe de un médico de la Policía, uno es mi amigo. Me dejó su tarjeta.
De la nada, me saludó otro abogado; tenía 30 años y el pelo engominado. Parecía interesado y concluyó que mi caso era grave.
Se ofreció a realizar cambios en el parte policial, requería 2.500 dólares para que un amigo suyo extraviara el reporte del alcochek. Dijo que en cinco días iría a casa.
Los presos me aconsejaron otros nombres de defensores y me advirtieron que, luego de la condena, los policías sólo me dejarían atravesar la Prevención si pagaba 80 dólares: 40 por la multa y 40 por el examen de alcoholemia.
Hora GMT: 06/Enero/2006 - 05:00 Fuente: Diario El Comercio Ciudad Quito

