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Hombres Notables del Ecuador

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MANUEL J. CALLE
Manuel J. Calle, nació en Cuenca el 25 de diciembre de 1866, murió en Guayaquil el 6 de octubre de 1918. La vida de tan valioso periodista, como Manuel J. Calle, se refleja con la luminosidad impresionante, porque fue un hombre idealista adornado de una personalidad llena de contrastes. A los 18 años de edad se entrega a la sublime y difícil tarea del periodismo, llegando a ser el más grande periodista ecuatoriano y uno de los primeros de América Latina.

Cabe señalar un episodio muy relievante en su vida humilde, sagaz e importante. Con Motivo de celebrarse el Centenario del Primer Grito de la Independencia de América, fue galardonado Manuel J. Calle con la "Pluma de Oro", como justo reconocimiento a su magnificente labor periodística, pero él la obsequió a su vez a su entrañable amigo don José Eliodoro Avilés, en el año 1915; y al enviarle dicho regalo le adjuntó una carta, que entre otras cosas decía lo siguiente: "Era el único aplauso que durante mi vida, llamaba a mi soledad. ¡Y qué momentos!. Momentos crueles cuyo rigor no olvidaré nunca, cuando sólo por casualidad se encendía lumbre en mi miserable tugurio, y andaba por las calles arrastrándome como un miserable gusano; enfermo, desarrapado, la escoria del mundo; y luchando por una Patria que aún no se rinde de vergüenza, por unas libertades desaparecidas hasta hoy, por el procuramiento de la verdad, la decencia, la probidad, arriba y abajo que todavía no asoman por ninguna parte.... Si, era un aplauso, un implícito reconocimiento de la bondad de mi oscura tarea, y no lloré de emoción, porque los infortunados mayores de mi existencia secaron hace fechas la fuente de mis lágrimas. Seguirá y sigue la obra; y seguiré en ella hasta que se me rompa la pluma con la vida, y vaya en el postrer rasgo de desdén contra los expoliadores y mendaces, que son tribu inextinguible en él Gobierno de esta República; la mueca pasajera del asco por la existencia misma que sucumbe protestando. Pasaron los años, y mi buena madre murió sin saber mis luchas y dolores, amándome y bendiciéndome.... Yo quisiera, que no de oro sino de acero fuese esa pluma, aquella humildísima con que escribiré la cuartilla final para decirle: acéptela don José Eleodoro, admítala sin recelo: jamás ella se manchó, a sabiendas con la mentira, no se vendió nunca al Poder, ni transigió con los infames; no calumnió, con acibaró la vida de nadie, no conoció las sendas del desecho, frecuentadas por la venalidad y el transfugio; no tuvo miedo, y así, pobrecita, desautorizada, bisoña, no pudieron romperla la violencia de los poderosos, ni los horrores de la suma indigencia. Amó la justicia, buscó la verdad, dijo las cosas que creyó convenientes, en sacrificio perenne, y no pidió recompensas Admítala: es la de un hombre honrado y leal, que padeció mucho, porque acertó a tener el corazón, y conciencia. Métala en cualquier viejo cajón, y deje que ahí enmohezca en el silencio y el olvido".

En estas frases recogidas de la carta dirigida a su amigo José Eliodoro Avilés podemos dar nos cuenta de lo que anidó el espíritu de Manuel J. Calle, la imagen de su pensamiento y la sinceridad de sentimientos que solía expresarlos.

Manuel J. Calle, autor de Leyendas del Tiempo Heroico, fue el símbolo del escritor y periodista de vocación; el talento superior, genio de la abundancia, de la memoria y de la amenidad, vino a ser en las letras ecuatorianas un Prometeo, a quien rendían homenaje de admiración hasta sus más tenaces enemigos o adversarios.

Este notable cuencano es conocido en todo nuestro continente y fuera de él por su forma periodística persuasiva y combativa por la verdad, libertad, equidad y justicia.


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